Curso de  ventas, curso de negociación, conferencia de ventas, conferencia de negociación, conferencista internacional, conferencista negociación, conferencista ventas. ganaropciones.com es el sitio web oficial de Patricio Peker, uno de los mayores expertos internacionales en negociación y ventas.

Libro de ventas: El Vendedor de los Huevos de Oro, la Guía de ventas Paso a Paso, de Patricio Peker. Probablemente el mejor libro de ventas de la historia

 

       
 

LAS 17 REGLAS DEL ÉXITO
de "Una mejor manera de vivir"
de Og Mandino

 

¿Quiere ser el primero en enterarse?
 Regístrese gratis para recibir por e-mail las novedades de
nuestro sitio,  junto a información actualizada sobre cursos
y otras actividades en las que gozará de beneficios exclusivos.

REGISTRARSE ES GRATIS ES INSTANTÁNEO ES SENCILLO  
ESTOS SON LOS ÚNICOS DATOS NECESARIOS PARA REGISTRARSE
NOMBRE: E-MAIL:

GARANTÍA DE PRIVACIDAD: SUS DATOS Y DIRECCIÓN DE E-MAIL JAMÁS SALDRÁN
 DE NUESTRA ORGANIZACIÓN, Y PUEDE BORRARSE CUANDO LO DESEE

REGLA NUMERO UNO

Hay que considerar lo bueno que uno tiene. Una vez que uno se da cuenta
de lo valioso que es y de cuantas cosas positivas tiene a su favor, las sonrisas
volverán saldrá el sol, sonará la música y uno podrá finalmente avanzar
hacia la vida que Dios le señaló... con gracia, fuerza, valor y confianza.
Uno de los secretos de la vida más importantes y siempre nuevo que tuve que aprender, con
dolor y lágrimas, es que uno no puede comenzar a dar un cambio total en una existencia
desesperadamente lastimada y derrotada ni dar un salto para salirse de la triste rutina que su
empleo y su carrera significan, ni dejar atrás ese callejón sin salida de lo económico que
parece haberlo condenado al fracaso y a una baja autoestima, a menos que uno aprecie las
cosas buenas que ya posee.
¿Cosas buenas? ¿Se ríe usted? ¡Vaya sonrisa triste! ¿Está tratando de decirme algo? ¿Dice
usted que tiene un cajón lleno de cuentas? ¿Que tal vez su hija mayor se está preparando
para ingresar en la universidad y que usted no tiene ánimo par decirle que no puede ir? ¿Que
se ha atrasado dos meses en el pago de las mensualidades de su automóvil y que su empleo
no parece muy seguro que digamos? ¿Cuáles cosas buenas, piensa usted? Lo invito a
permanecer conmigo ahora, mientras le ayudo a considerar algunas de sus cosas positivas en
este preciso momento en que usted sigue sentado allí sintiendo lástima por usted mismo.
Hagamos una nueva lista e intentemos asignar un valor monetario sólo a unas cuantas de las
cosas buenas que hay en su vida, amigo lector, para que pueda darse cuenta de lo rico que es
usted realmente y de cuántas cosas buenas tiene en su favor, aunque haya olvidado esto en
su lucha diaria por sobrevivir.
¿Cuánto vale vivir en este gran país? Responda usted, lo reto a que le ponga precio a eso.
¿En dónde preferiría vivir?
¿Cuánto vale ser empleado de la buena compañía en la que trabaja si esta mañana usted
estuviera de pie en una fila de desempleados?
¿Cuánto vale su carrera si se da cuenta de que probablemente el 95 por ciento de la
población mundial gustosamente daría diez años de su vida, o más por tener la oportunidad
que tiene?
¿Cuanto vale su libertad?
¿Y que tal con sus seres queridos y los que aman a usted? ¿Cuánto pediría por ellos?
¿Por los ojos? ¿Aceptaría un millón de dólares por sus ojos?
¿Y en el caso de las manos y los pies? ¿Cinco millones? ¿Diez?
Es usted realmente un ejemplar muy preciado, ¿verdad? En el caso de una confrontación
definitiva probablemente usted no cambiaría lo que tiene en este preciso momento por todo
el oro de Fort Knox, ¿no es verdad? Y con tantas cosas buenas a su favor, dígame, por
favor, ¿por qué anda por allí sintiéndose triste, golpeado, derrotado y rechazado? ¿Por qué?
¡Ya basta! Hay una mejor manera de vivir para usted y empieza hoy...


REGLA NUMERO DOS

Hoy, y todos los días, uno debe dar más de lo que le pagan por hacer. La
victoria del éxito se habrá ganado a la mitad cuando uno aprenda el secreto
de dar más de lo que se espera en todo lo que uno hace. Hay que hacerse
tan valioso en su trabajo que más adelante uno se vuelva indispensable. Uno
debe ejercer su derecho de recorrer ese kilómetro adicional y disfrutar de
todos los beneficios que recibirá. ¡Bien se los merece!
Me encanta curiosear todas las tarjetas de felicitación de carácter humorístico que parecen
estar ocupando cada vez más espacio en los anaqueles de la mayor parte de las tiendas
donde se venden tarjetas, y probablemente envío más de las que debería. Mi favorita de
todos los tiempos fue la tarjeta de tamaño exagerado que llevaba un borde grabado que la
hacía parecerse a un título accionario y dentro del cual estaban impresas las palabras "Cómo
hacer dinero". Al abrir la tarjeta, se leían sólo tres palabras impresas en una tinta de color
naranja brillante: ¡ PÓNGASE A TRABAJAR!
En la vida todo tiene su precio y a menos que usted, lector, pertenezca a esa reducida élite
que ha tenido todo resuelto desde la cuna, me temo que la única forma en que puede usted
pagar las cosas que desea, necesita y con la que sueña es con la compensación que recibe
por el trabajo que desempeña.
Aunque está asintiendo con la cabeza, no parece feliz, amigo lector. ¿Está luchando por
ganarle la delantera a las cuentas? ¿No está progresando ni creciendo mucho en ese empleo
en el cual ya lleva demasiado tiempo sin lograr ningún avance? ¿Le gustaría adquirir una
casa nueva pero no le alcanza? ¿Lo mismo con la carcacha que tiene por automóvil? La vida
de usted parece estar empantanada; ¿cómo salir del atolladero?
Hay una respuesta, una solución, una regla, y apuesto que nunca le ha fallado a quienes la
han aplicado realmente. En lo tocante a mejorar el ámbito profesional de su vida, amigo
lector, el mayor secreto del éxito nos fue entregado desde la cima de una montaña, hace
aproximadamente dos mil años, cuando Jesucristo nos dijo que cuando nos viéramos
obligados a recorrer un kilómetro con alguien, deberíamos recorrer el doble siempre. El
Kilómetro adicional.
Si, a partir de mañana, se propone usted aportar más en su trabajo de lo que le pagan por
hacer, comenzarán a ocurrir milagros en su vida. No importa a qué se dedique usted para
ganarse la vida, sea que venda productos, pinte casas, maneje computadoras o barra pisos -
sí cada día hace más de los que le pagan por hacer, en poco tiempo su patrón de vida
cambiará para mejorar.
La manera más segura de condenarse uno mismo a una vida de fracaso y lágrimas consiste
en hacer únicamente el trabajo por el que le pagan. Claro que aportar más de lo que se
espera que uno dé no hará que uno sea muy popular con algunos de sus compañeros de
trabajo que parecen dedicados a hacer lo menos posible por lo que les pagan... pero ése es
su problema, no el de uno. Usted, lector, viva su vida. Hay personas que dependen de usted.
Cuando usted da más de lo que le pagan por dar, cada día, no sólo se promueve usted
mismo, sino que, al ser indispensable, descubrirá, para su sorpresa, que a todo su alrededor
hay nuevas oportunidades, y más adelante podrá asignarse su propio precio. Es una regla
muy sencilla. ¡Recorra otro kilómetro! No le costará ni un centavo y, sin embargo, es una
regla tan poderosa que, cuando la siga, su vida cambiará para siempre.
Andrew Carnegie dijo que había dos tipos de personas que nunca lograban mucho en la vida.
Una es la persona que no quiere hacer lo que le dicen que haga, y la otra es la persona que
sólo hace lo que le dicen que haga. Y cuando se le preguntó a Walter Chrysler qué era lo
que más necesitaba su planta, repuso: - Diez buenos hombres que no estén atentos al
silbatazo ni se la pasen pendientes de la hora en la carátula del reloj.
Hay que sorprender a todos. Cambie sus hábitos de trabajo. ¡Recorra ese kilómetro
adicional! Esto no significa que sacrifique a su familia ni su salud en una compulsión insana
por el éxito, pero es un método maravilloso para que usted extraiga todo lo que la vida
puede ofrecer y todo lo que usted se merece. Hay que trabajar como si uno fuera a vivir
eternamente, y vivir como si uno fuera a morirse hoy mismo. ¡ Recorra otro kilómetro!


REGLA NUMERO TRES

Cada vez que se cometa un error o se haya sido abatido por la vida, no hay
que quedarse demasiado tiempo pensando en ello. Los errores son la forma
en que la vida le enseña a uno. La capacidad de cometer errores
ocasionalmente es inseparable de la capacidad de lograr las propias metas.
Nadie gana de todas, todos, y las fallas que se tienen, cuando ocurren, son
simplemente parte del propio crecimiento. Hay que sacudirse los errores.
¿Cómo podría uno conocer sus límites sin una falla ocasional? Nunca hay
que rendirse.
Ya llegará el turno de uno.
A lo largo de los siglos ha resonado una de las grandes verdades menos entendida y, sin
embargo, sólo los sabios toman en cuenta su consejo. Si se quiere tener éxito, hay que
aprender a vivir con el fracaso. El fracaso nos proporciona más sabiduría que el éxito. Si
usted me muestra una persona que nunca ha tropezado, que nunca ha tenido dificultades
en su empleo y nunca ha cometido un error, yo le mostraré que es una persona con un
futuro muy sombrío.
Los errores, los desaciertos, las derrotas, son inevitables en esta vida rudimentaria pero
efectiva; sin embargo, si dejamos que eso nos vuelva miedosos, de tal manera que cuando
nos abaten dudamos en volver a intentarlo, nos estamos condenando a una vida de
arrepentimiento. Las mejores lecciones que podemos llegar a aprender provienen de
nuestros errores y fracasos.
Derrota. ¿Qué es eso? Nada más, un poco de educación, nada más el primer paso hacia algo
mejor. Las únicas personas que nunca fracasan son quienes nunca, pero nunca, intentan.
En una ocasión, Mark Twain contó la historia de un gato que un día saltó para subirse a una
estufa caliente y se quemó la panza. Ese gato nunca más volvió a saltar para subirse a una
estufa caliente - pero ese mismo gato ¡nunca saltó para subirse a una estufa fría, tampoco!
Con mucha frecuencia, se sobrestima el valor de la experiencia... y eso puede ser muy
dañino si impide que uno vuelva a intentar algo después de haberse lastimado. Hay un
antiguo proverbio escandinavo que es una maravilla: "El viento del norte hizo al los
vikingos". El viento del norte puede hacer maravillas por usted también, amigo lector.
Hay que recordar que hasta las vidas de más éxito contienen capítulos de fracaso,
exactamente como ocurre en toda buena novela, pero la forma en que termine el libro
depende de nosotros. Somos los autores de nuestros años, y nuestros fracasos y derrotas
sólo son pasos hacia algo mejor. Allá por 1974, cuando Hank Aaron estaba a punto de
alcanzar la marca del mayor número de cuadrangulares de todos los tiempos, impuesta por
Babe Ruth, una mañana llamé por teléfono a su club de béisbol, los Bravos de Atlanta.
Finalmente me comunicaron con su departamento de relaciones públicas, y planteé mi
pregunta:
- Sé que Hank lleva setecientos diez cuadrangulares y que sólo necesita cinco más para
romper la marca de Ruth, pero me surgió una duda, ¿cuántas abanicadas lleva en su carrera?
-¿Abanicadas, dice usted? - me preguntó titubeante al joven que estaba al teléfono.
- Sí, ¿cuántas abanicadas?
- Discúlpeme, pero tendrá que aguardar mientras averiguo ese dato, señor.
Así lo hizo y pasaron varios minutos antes de que regresara al teléfono. - Señor Mandino,
hasta anoche, Hank llevaba setecientos diez cuadrangulares y, como usted sabe, sólo
necesita cinco más para romper la marca del mayor número de cuadrangulares de todos los
tiempos, impuesta por Babe Ruth...
- Sí, ya sé...
-...y ...en todos su carrera, lleva mil doscientos sesenta y dos abanicadas.
Le di las gracias, colgué y luego me quedé sentado sopesando la cifra que acababa de oír.
Qué gran ejemplo para usarlo en el futuro cada vez que tratara de precisar la idea de no
dejar nunca que los fracasos pasados impidan que uno vuelva a intentar. Allí estaba el mejor
bateador de cuadrangulares que haya habido... e incluso él, incluso Hank Aaron, ¡tuvo que
abanicar casi dos veces por cada batazo que sacaba la pelota del parque! es cierto que la
vida es un juego con reglas que deben seguirse para triunfar, pero uno no tiene que batear
de cuadrangular cada vez que es su turno al bat para tener éxito en este mundo. Pregúntele
a Hank, amigo lector.


REGLA NUMERO CUATRO

Uno debe premiar siempre sus largas horas de trabajo y afán de la mejor
manera, rodeado de su familia. Hay que alimentar su amor con todo
cuidado y recordar que los hijos necesitan modelos, no críticas, y el propio
progreso se intensificará cuando uno se esfuerce constantemente por
presentar el mejor aspecto de uno mismo a los hijos. e incluso si uno ha
fallado en todo lo demás a los ojos del mundo, si se tiene una familia que lo
ame, uno es un triunfador.
Frecuentemente se me pregunta sobre mis hijos, actualmente mayores de edad, y cómo los
educamos, como si, debido a los libros que he escrito, debiéramos tener una fórmula mágica
especial con la garantía de lograr el éxito en todo... incluso en la formación de ciudadanos
del mañana brillantes, bien adaptados y felices. Sin olvidar jamás que el "otro Og Mandino"
de hace muchos años perdió a su primera familia por su desconsideración y negligencia,
actualmente siempre doy la misma respuesta...
Lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es dedicarnos conscientemente a ser
modelos de comportamiento para ellos. si uno les enseña una manera y luego actúa de
manera contraria a sus palabras, pierde a sus hijos. Aparte de guiarlos con el ejemplo, no es
mucho lo que podemos hacer por ellos excepto estar cerca para levantarlos cuando se
caigan. No es demasiado pedir ¿verdad?
En la pared frente al escritorio hay un breve poema escrito en caligrafía sobre pergamino
blanco y enmarcado. Debajo de las palabras "Autor desconocido". Pegué, inmediatamente
después de que nació, una pequeña foto de Matt. Tal vez el lector querría doblar esta página
par volverla a leer en otras ocasiones.
Para cualquier padre que tenga un hijo pequeño
Son ojitos dirigidos a ti que te observan noche y día,
son orejitas que captan rápidamente todo lo que dices,
son manitas ansiosas por hacer todo lo que haces,
y es un niñito que sueña con el día en que se parecerá a ti.
Eres el ídolo del muchachito, el mayor de los sabios,
en su pequeña mente nunca surge la menor sospecha sobre ti,
cree en ti con devoción, sostiene que todo lo que dices y haces,
él lo hará y lo dirá a tu manera, cuando crezca,
al igual que tú, nada más.
Es un muchachito de grandes ojos
que crees que siempre tienes razón,
y sus oídos están siempre atentos
y te observa noche y día.
Cada día, en todo lo que haces,
sirves de ejemplo para el niñito
que espera con ansias crecer
para parecerse a ti.
Hace varios años, justo antes de emprender un largo viaje para hacer promoción de uno de
mis libros, había vivido la terrible agonía de ayudar a nuestro hijo menor a empacar sus
cosas antes de ponerme afuera de la puerta principal, con su madre, y despedirlo cuando se
fue en su automóvil a iniciar su propia vida en una residencia estudiantil de la Universidad
Estatal de Arizona.
Después de que se marchó, recuerdo que caminé por el pasillo y me senté en su cuarto, a
oscuras, orando porque Bette y yo hubiéramos proporcionado a Matt y a Dana, nuestro hijo
mayor, la orientación que necesitarían para enfrentar las múltiples adversidades de la vida
con que seguramente se toparían.
Mi viaje de promoción iba bien hasta una ocasión en que participé en un programa matutino
de charlas de una radiodifusora de Los Ángeles. en este programa en vivo participaba
también una novelista muy famosa cuyo nombre me reservo. De alguna manera, la
conversación había derivado al tema de nuestras familia, y de nuestros hijos en particular.
Rápidamente, la novelista se apoderó del micrófono y comenzó una larga perorata
desagradable en contra de sus dos hijos adolescentes. Admitió que no podía manejarlos, que
con el padre no se podía contar porque nunca estaba en casa y que estos muchachos la
estaban volviendo loca. Nunca llegaban a tiempo a comer, sus cuartos siempre eran un
desorden y siempre ponían sus aparatos de sonido a un volumen tan alto, y en diferentes
estaciones, por supuesto, que el ruido también la estaba volviendo loca. Después de oír tal
vez unas doce veces esa fea expresión de "volverse loca", mientras que esta célebre autora
rebajaba a su hijos ante un auditorio bastante grande, finalmente me exasperé y la
interrumpí. No puede evitarlo
- Sabe usted - le dije -, va a llegar el día en que esté usted caminando por el pasillo de su
casa y pase dos cuartos muy vacíos y silenciosos... y entonces se preguntará "¿A dónde se
fueron?" ¿Por qué no se va a su casa, en cuanto termine este programa, abraza a sus hijos y
simplemente les dice que los ama?


REGLA NUMERO CINCO

Hay que levantar este día sobre una base de pensamientos agradables. Uno
no debe preocuparse nunca por ninguna imperfección que uno tema que
pueda impedir su progreso. Hay que recordar, tan seguido como sea
necesario que uno es hijo de Dios y que tiene el poder de alcanzar cualquier
sueño si eleva sus pensamientos. Es posible velar cuando uno decide que
puede hacerlo. No hay que volver a considerarse derrotado. Hay que dejar
que lo que el corazón ambiciona sea el proyecto de la propia vida. ¡Hay que
sonreír!
Desde el principio de los tiempos, los hombres sabios nos han estado diciendo que todo lo
que logramos, o no logramos, es consecuencia directa de lo que esperamos de nuestras
capacidades, nuestro valor y nuestro potencial.
James Allen nos dijo que los pensamientos dan buenos frutos y los malos pensamientos dan
malos frutos.
Marco Aurelio, ese sabio emperador y filósofo de la antigua Roma, nos dijo que nuestra vida
es lo que de ella hacen nuestros pensamientos. Buena o mala. Desdichada o feliz. Triunfante
o desesperada.
Buda lo dijo de una manera todavía más enérgica: ‘Todo lo que conocemos es consecuencia
de lo que hemos pensado. La mente es todo. Nos convertiremos en lo que pensamos.
No importa como se quiera llamarlo, los pensamientos positivos son productivos, los
pensamientos negativos estorban y destruyen.
Si uno les cree a esos hombres tan sabios, sabe que si uno se humilla a sí mismo y
menosprecia su talento, está condenado al fracaso. Cuando uno menosprecia su capacidad,
sus antecedentes o sus conocimientos, al poco tiempo el mundo estará de acuerdo con esa
evaluación y enfrentará un triste futuro que no se merece. ¡Basta! Ya no más actitudes
negativas en la manera de pensar o de actuar. Escúcheme bien, amigo lector. ¡Usted
simplemente no sabe lo bueno que es! Sí, usted, el que está sentado allí compadeciéndose...
se parece usted mucho a un pato que tenemos en nuestro patio.
Cuando Matt estaba apenas en secundaria, una tarde regreso a casa cargando una caja de
zapatos con agujeros en la tapa. Lo que más me temía resulto ser cierto cuando removió la
tapa. En su interior había un patito amarillo vivaracho y ruidoso. En la clase de biología, mi
hijo y sus condiscípulos habían incubado el huevo y cuando el patito rompió el cascarón, lo
cuidaron y alimentaron durante varias semanas, luego lo rifaron y mi hijo se ganó el pato -
que, coincidimos Bette y yo, era precisamente lo que necesitábamos.
Un padre reacio y un hijo impaciente fueron a la maderería y compraron unos tablones y, allá
en una esquina de nuestro patio cercado, Matt construyó para el pato una bonita casa que
pintó de blanco. Luego, sobre el arco de la entrada, escribió a mano, en color rojo DISCO.
¡El pato se llamaba Disco! A continuación, en la ferretería compramos un rollo de alambre
de gallinero de medio metro de ancho y armamos una especie de corral alrededor de la
caseta para que el nuevo miembro de nuestra familia no anduviera vagando por allí y se
perdiera.
Actualmente Disco lleva más de doce años con nosotros. Al crecer se convirtió en un
ejemplar muy grande y hermoso y, por supuesto, como ahora Matt está casado y vive en
otra parte, estoy seguro de que el lector ya se imaginará quién se encarga de cuidar y
alimentar al animal.
Uno de los errores que cometimos, dentro de todo este asunto de Disco, fue construir su
pequeña residencia y patio de juegos precisamente afuera de nuestra recámara. Últimamente,
Disco se ha estado despertando antes de la salida del sol, comienza a graznar y no para,
excepto unas cuantas veces, durante todo el santo día. ¡Y vaya que grazna fuerte! como
antes nunca había actuado así, excepto para ahuyentar al gato del vecino, tanto Bette como
yo concluimos que algo está molestándolo verdaderamente. El caso es que ya no es feliz.
Puede ser que la comida que le estoy dando no le guste, o quizá no le cambio con la
suficiente frecuencia el agua de su pequeño chapoteador, o tal vez esté húmeda la paja de su
caseta y haya que cambiarla o quitarla. ¿Quién sabe? He intentado todo para hacer que se
sienta seguro y contento de nuevo, pero sigue graznando áspera y continuamente.
Como puede ver, amigo lector, Disco sí tiene un problema, y le apuesto que es el mimo que
tiene usted. ¡Sí usted! Ni Disco ni usted tienen un sentido adecuado de su propia valía Disco
no tiene la menor idea de que, si no está contento con las condiciones que hay en su vida,
puede hacer más que sólo sentir lástima de sí mismo; tiene el poder de cambiar esas
condiciones en vez de quejarse de ellas nada más.
Si realmente Disco quiere cambiar las condiciones de su vida, puede hacerlo en el momento
que lo decida. Es sencillo. Todo lo que tiene que hacer es levantar sus bellas alas, moverlas
de arriba hacia abajo... e irse. Pero ya ve usted, el pobre Disco no sabe lo bueno que es. No
sabe que puede volar... ¡y usted tampoco!


REGLA NUMERO SEIS

Siempre hay que dejar que las propias acciones hablen por uno, aunque
todo el tiempo hay que estar en guardia contra las terribles trampas del falso
orgullo y la vanidad que pueden detener el propio avance. La próxima vez
que uno se sienta tentado a vanagloriarse, tendría primero que meter la
mano en una cubeta llena de agua y, cuando la saque, el agujero que queda
hará que uno se dé una idea correcta de la medida de su importancia.
A ninguno de nosotros nos decepciona más otra persona de lo que nos decepcionamos de
nosotros mismos. Un obstáculo peligroso para nuestro progreso continuo es la terrible
pantalla de orgullo complaciente que es responsable de cegar nuestro avance una vez que
hemos experimentado un poco de éxito. Es cierto, es posible que hayamos trabajado muy
duro y hayamos dedicado todos nuestros talentos y esfuerzos en avanzar, y esa es realmente
la razón por la cual usted y yo estamos juntos; sin embargo, es fácil caer en la trampa de
creer, después de unas cuantas victorias, que uno posee algunas cualidades especiales y
únicas, y cuando uno refleja esa actitud en su comportamiento con los demás, eso puede
dañar seriamente su progreso. De hecho, nada puede lastimarlo más a uno que la arrogancia
y el orgullo que piden que alguien les ponga un alto.
Todos somos hijos de Dios, pero si tan sólo pudiéramos ver qué tan poco hueco dejaría
nuestra muerte en este mundo, dejaríamos de tomar tan en cuenta el espacio que ocupamos
y pensaríamos más en ayudar a los demás.
Constantemente estoy librando mi batalla personal contra la tentación del falso orgullo.
Cuando uno escribe un nuevo libro cada dos años, como yo, y luego recorre todo el país
para promocionarlo en la prensa, la radio y la televisión, por no mencionar la serie de
discursos de inauguración que pronuncio al año, es fácil caer en la trampa de comenzar a
creer todas las cosas buenas que se dicen y se escriben en los medios de comunicación - por
no mencionar todas las atenciones, las limosinas con chofer y las fiestas par firmar
autógrafos con lo cual se le malacostumbra a uno.
Nunca olvidaré el día en que Dios decidió reducirme considerablemente la opinión de mí
mismo, algo que indudablemente me merecía en ese tiempo. Estaba en mi habitación del
hotel en espera de que llamaran a la puerta como señal de que era el momento para que
hiciera mi aparición en el salón de baile allá abajo, donde iba a pronunciar el discurso de
inauguración de una gran convención nacional de varios miles. Cuando llegó por fin el
mensajero de la compañía, un hombre de edad, me puse el saco y lo seguí por el pasillo hacia
el elevador.
Había mucho ruido y gente en el vestíbulo y no habíamos avanzados mucho cuando sentí
que alguien me tocaba con decisión el hombro y me volví par ver a un hombre joven con
ojos de asombro, con un distintivo con el nombre de su compañía pegado al bolsillo de su
saco, que aferraba una bolsa de papel y me apuntaba a la cara con el dedo.
-¿Es usted Og Mandino? - me preguntó sin aliento.
Asentí con la cabeza y seguí caminando.
-¿Me concede un minuto, señor? preguntó el joven mientras se desplazaba hacia una mesita
junto a una ventana, lejos del movimiento de la gente. Interrogué con la mirada a mi guía
ceñudo, quien finalmente asintió moviendo la cabeza con cierta reticencia.
- Señor - me espetó el joven mientras colocaba la bolsa de papel sobre la mesa -, quiero que
sepa que mi esposa es una fanática de Og Mandino. Le juro que se ha leído todo lo que
usted ha escrito. Como en maestra en el pequeño pueblo donde vivimos, no hubo manera de
que pudiera venir conmigo y se quedó muy afligida Tenía tantas ganas de escucharlo a
usted.
-¡Que pena!
- Pues bien, señor, pensé que debía hacer algo especial por Louise, y creo que estuve en
todas las librería que hay en un radio de ochenta kilómetros alrededor de nuestro pueblo y
me las ingenié para conseguir cinco de sus libros en edición empastada. Por favor... se lo
suplico... ¿me haría usted el gran honor de autografiar estos libros para mi esposa? Se los
quiero dar como regalo de cumpleaños, el jueves próximo.
- Con todo gusto - le dije, saqué la pluma del bolsillo interior de mi saco y escribí en los
cinco libros, la siguiente dedicatoria: Para Louise, con afecto: Feliz Cumpleaños, Og
Mandino.
Cuando hube terminado, el joven volvió a meter cuidadosamente todos los libros en su bolsa
de papel, me dio un abrazo nervioso y apresurado, me dio las gracias y se alejó... y a mí se
me olvidó mantener la boca cerrada, pero qué bueno que se me haya olvidado.
Ya se había alejado unos tres metros, cuando dirigiéndome a él le grité:
- Dígame, ¿esto va a ser una sorpresa para Louise?
Se volvió y con una tímida sonrisa de oreja a oreja, me repuso gritando:
-¡Por supuesto que sí, señor, ella está esperando un nuevo Toyota Corolla!


REGLA NUMERO SIETE

Cada día es un don especial de Dios, y si bien es posible que la vida no
siempre sea justa, uno  no debe dejar nunca que las penas, las dificultades y
las desventajas del momento envenenen la actitud y los planes que uno tiene
para sí mismo y su futuro. No se puede ganar si se lleva puesta la fea capa
de la autocompasión con toda seguridad ahuyentará cualquier oportunidad
de éxito. Nunca más. Hay una mejor manera.
La vida no es justa... y probablemente nunca será así. Habrá ocasiones en que uno hace la
mayor parte del trabajo y, sin embargo otro se lleva el crédito. Es posible que uno trabaje el
doble de lo que trabaja su vecino, y uno se sabe el doble de listo... y sin embargo, uno sólo
gana la mitad de lo que gana el otro.
Hay muchas ocasiones en que la vida nos reparte una mala mano. ¿Cómo juega uno esas
malas manos cuando le toca una? ¿Se aferra, se niega a rendirse, aunque no se tenga la
garantía de lograr el triunfo... o se lamenta y se compadece de sí mismo porque uno está
seguro de que sus dificultades y problemas son mucho más terribles que las desgracias de
cualquiera otra persona? ¡Pobre nene!
Hace casi dos décadas, recibí una pequeña tarjeta amarilla con un poema escrito con tinta
verde, de parte de Wilton Hall, quien publicaba Quote Magazine en Anderson, Carolina del
Sur. El poema ha tenido un sitio especial en mi vida a lo largo de todos estos años. Durante
mis discursos, no solo lo comparto con todos mis públicos, sino que lo mantengo a mano
para mi propio bienestar. Cuando las cosas no están yendo muy de acuerdo con la forma en
que las planeé, o los días comienzan con el pie izquierdo, o empiezo a irritarme un poco con
los demás y tal vez a sentir lástima de mí mismo, saco mi poema, lo leo y luego prosigo con
mi vida, agradecido y sólo hago una pausa suficientemente larga para volver la vista a los
cielos y decir: ¡Gracias!
Sí, recárguese en el sillón, amigo lector, y permítame que le dé el gastado original. Es un
tesoro, y le apuesto que también usted, al igual que yo, lo releerá con frecuencia en el futuro
y lo compartirá igualmente con sus amigos.
¡Señor, perdóname cuando me lamento!
Hoy, en el autobús, vi a una bella muchacha de cabello rubio, la envidié... parecía tan
alegre... y deseé ser así de bonita. De pronto, cuando se puso de pie par irse, la vi cojear por
el pasillo. Tenía una sola pierna y usaba muleta; sin embargo, al pasar... ¡qué sonrisa! ¡Oh,
Dios, perdóname cuando me lamento! Tengo dos piernas. ¡El mundo es mío!
Me detuve a comprar unos dulces. El muchacho que los vendía era tan encantador.
Conversé con él. Se veía tan contento. Si me retrasaba no habría problema. y cuando me iba,
me dijo: "Se lo agradezco, ha sido usted muy amable. Es grato conversar con gente como
usted. Sabe - dijo -. soy ciego". ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento! Tengo dos ojos.
El mundo es mío.
Después al ir caminado por la calle, vi a un niño con los ojos de cielo. Estaba de pie y
observaba a otros niños que jugaban. Parecía indeciso. Me detuve un momento y le dije:
"¿Por qué no vas a jugar con ellos, primor?" Siguió viendo hacia enfrente sin decir nada y
entonces me di cuenta de que no podía oír. ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento!
Tengo dos oídos. El mundo es mío.
Con pies que me lleven a donde quiero ir, con ojos para ver los colores del atardecer, con
oídos par escuchar lo que quiera saber... ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento. En
realidad soy una afortunada. El mundo es mío
Autora Anónima


REGLA NUMERO OCHO

Uno nunca debe llenar sus días ni sus noches con tantas nimiedades y cosas
insignificantes como para no tener tiempo de aceptar un verdadero reto
cuando éste se presente. Esto es válido tanto para el juego como para el
trabajo. Un día meramente sobrevivido no es ocasión de festejo. Uno no está
aquí para desperdiciar sus preciosas horas, Cuando tiene la capacidad de
lograr tanto si hace una pequeña modificación en su rutina. Ya no hay que
ocuparse en nimiedades. Ya no hay que volverle la cara al éxito. Hay que
darse tiempo y espacio para crecer. Ahora, ¡Ahora mismo! ¡No mañana!
Es posible que usted, lector, conozca a este tipo de persona. Tal vez hasta sea usted así. Si
es así, me da gusto que haya acudido a mí. Esa persona está siempre ocupada, siempre tiene
más proyectos, reuniones y diligencias de los que se pueden manejar, y siempre está en una
loca carrera de un lado a otro en un intento - intento, nada más - por adelantarse a los
acontecimientos. Lo que este tipo de gente hace constituye un esfuerzo, inconsciente pero
muy eficaz, para evitar el éxito. Claro que están ocupadas - en cualquiera de esas faenas y
tareas insignificantes que pueden encontrar para hacer, de tal manera que si alguna vez se
les presenta un verdadero reto, algo que en verdad pudieras significar mucho para sus
vidas y su bienestar, les es muy fácil responder siempre que lo lamentan pero están
demasiado ocupadas en este preciso momento y no pueden atender otra cosa.
¿Le suena conocido? Espero que usted, amigo lector, no haya estado esforzándose
inconscientemente por fracasar manteniéndose "muy ocupado" en cosas que de nada le
servirán, aparte de que lo mantengan en ese largo camino trillado. Si le sirve de consuelo,
hay muchos que están en esa situación. Sabe usted que se necesita tanta energía para
fracasar como la que se necesita para triunfar, y por eso es que tenemos tanta gente activa y
ocupada que no logra entender por qué no está ocurriéndole nada en su vida.
En el caso de que usted piense que podría estar en esa categoría, tal vez está usted haciendo
lo que hace porque alguien oprimió su "interruptor de eliminación" hace años. Sí, su
"interruptor de eliminación". Hacer años iba a hacer un libro sobre este tema, pero ésta es la
primera vez que lo menciono en letras impresas.
Una vez adquirí un convertible muy costoso, y obviamente el vendedor me persuadió de que
no debía sacar ese vehículo tan caro a la calle ni estacionarlo en ningún estacionamiento
público sin instalarle antes una alarma contra robos que inmediatamente haría sonar una
fuerte y penetrante sirena si alguien trataba de abrir por la fuerza mi joya, conectar el
encendido y llevarse el convertible. Por su puesto que accedí.
Una mañana, retrasado por una cita, entré como un rayo a la cochera, puse la llave de
encendido, la giré... pero no pasó nada. Ni siquiera un quejido. Nada. ¿Estaría totalmente
descargado el acumulador? No era creíble. Encendí la radio. Funcionó a todo volumen. Puse
una cinta en la grabadora. Ella Fitzgerald en "Mack the Knife". Excelente fidelidad. Encendí
los limpiaparabrisas. Dos chorros de agua saltaron desde aperturas ocultas y los limpiadores
se movieron de un lado para otro en perfecta sincronía. Frustrado y molesto, entré a toda
prisa en la casa y llamé a mi amigo el vendedor de automóviles.
- Instalamos una alarma en esa joya, ¿ verdad?, Og?
-¡Y me costó trescientos dólares!
- Entonces probablemente oprimiste por accidente el "interruptor de eliminación".
-¿El "interruptor de eliminación?
- Si, es un aditamento de los sistemas de alarma contra robos más complejos. ¿No te lo
explicaron cuando hicieron la instalación?
Cada vez me enfurecía más. - Con toda seguridad recordaría si alguien hubiera hablado de
poner un "interruptor de seguridad" en mi automóvil. ¿Qué es y dónde está?
- Es parte del sistema de alarma. Una vez que te bajas del automóvil y lo cierras con llave,
pones otra llave en la cerradura que instalaron en el guardafangos y le das vueltas, ¿verdad?
Ese pone en funcionamiento la alarma, de tal manera que si alguien intenta forzar una puerta
o rompe una de las ventanas se dispara la alarma.
- Así es.
- Pues bien, el "interruptor de eliminación" es un grado adicional de protección. En algún
lado del interior del automóvil, generalmente abajo del tablero o debajo de la alfombra, se
instaló otro pequeño interruptor. Si antes de salir del automóvil lo oprimes y luego cierras
con llave y pones a funcionar la alarma, estás verdaderamente protegido contra el robo.
Incluso si alguien logra abrirlo y es lo suficientemente tonto como para intentar ponerlo en
marcha mientras la alarma está sonando, no lo logrará porque una vez que oprimiste el
"interruptor de eliminación", se corta toda corriente del acumulador al arranque. El
automóvil no puede moverse.
Regresé a la cochera, pero no pude localizar mi "interruptor de eliminación", y en menos de
una hora, el vendedor estaba en mi casa. Por supuesto que lo encontró casi inmediatamente,
debajo de la alfombra delantera del lado del conductor. Sí, el interruptor estaba oprimido.
Probablemente lo había hecho yo con el pie, por accidente, pero no pude seguir molesto, no
conmigo mismo, ya que el incidente me proporcionó una invaluable analogía que se
relacionaba con muchos seres humanos que conocía y me ha sido de gran valor cuando trato
de convencer a alguien de que está desperdiciando mucho tiempo en un trabajo en el que se
"ocupa" mucho pero sin consecuencia para su vida.
Como puede usted ver, realmente mi automóvil actuó de manera bastante normal cuando di
vuelta la llave de encendido. Se encendieron las luces, funcionó la radio, los limpiaparabrisas
se movieron de un lado a otro. Un automóvil muy pero muy ocupado. Como mucha gente
que conozco. Sólo hubo un problema. Esa máquina no pudo moverse ni siquiera un
centímetro hacia adelante a pesar de toda su actividad, porque yo había oprimido sin darme
cuenta su "interruptor de eliminación".
Todos tenemos nuestros propios "interruptores de eliminación" . Tal vez cuando éramos
pequeños, alguien, incluso uno de los padres u otro adulto a quien respetábamos, o el
cónyuge cuando ya éramos mayores, nos haya dicho un día, en un arranque de ira, que
nunca valdríamos gran cosa. ¡Zas! ¡Eso bastó! Sin darse cuenta y sin pensarlo, oprimieron
nuestro interruptor, y nos hemos pasado todos estos años trabajando muy duro con el fin de
que su profecía se cumpliera, sin comprender siquiera la motivación de nuestras acciones.
Claro que estamos "ocupados", pero al igual que mi convertible, no vamos a ninguna parte.
Y no entendemos por qué. ¡Qué lástima!
Hay que agacharse a desconectar ese "interruptor de eliminación ahora que usted, amigo
lector, sabe que tiene uno. Ya no hay que "ocuparse" en cosas sin importancia. Hay que
dejar de ocultarse detrás de todas esas tareas intranscendentes. Hay una mejor forma de
vivir.


REGLA NUMERO NUEVE

Hay que vivir este día como si fuera el último de su vida. Hay que recordar
que sólo se encontrará la expresión "mañana" en el calendario de los
tontos. Hay que olvidar las derrotas del ayer y no tomar en cuenta los
problemas del mañana. Eso es todo. El día del Juicio Final. Es todo lo que
se tiene. Uno debe hacer de este día el mejor de su año. Las palabras más
tristes que uno podría pronunciar son: "Si pudiera volver a vivir mi vida..."
Hay que tomar la batuta ahora. ¡Y dirigir con ella! ¡Este es su día!
La mayoría de los fracasados actúan siempre como si les quedaran mil años de vida. ¿Por
qué? Sencillamente porque no tienen la menor confianza de poder manejar los retos de la
actualidad. ¿Y cómo evitan el tener alguna vez que poner a prueba su potencial? De cien
manera diferentes. Algunos beben demasiado o se dedican en exceso a festejar. Muchos
duermen dos o tres horas más de las que necesitan cada noche. Otros se pasan las horas
resolviendo crucigramas o armando rompecabezas, o echados frente al televisor.
"No hay que preocuparse - siempre le aseguran a uno -. Todo se resolverá... mañana".
¿Mañana? Llevo muchos años en este mundo y en todo ese tiempo he visto miles de
calendarios, pero nunca... nunca he visto uno con un "mañana" en él.
No hay que tratar el tiempo como si uno tuviera de eso un surtido interminable. Uno no
tiene ningún contrato con la vida. Si el ayer es ya un cheque cancelado, el mañana es sólo un
pagaré. Todo lo que uno tiene en efectivo es el hoy, y si uno no lo gasta prudentemente, la
culpa es solo de uno. El Padre Tiempo no hace viajes redondos en beneficio nuestro.
Ninguno de nosotros ha aprendido mucho a menos que aprenda a dar a cada día el trato de
una vida separada. Los millones de personas afortunadas que se han salvado mediante
Alcohólicos Anónimos conocen muy bien el poder de la expresión "un día a la vez". En una
ocasión, Robert Louis Stevenson escribió: "Cualquiera puede llevar su carga, no importa
qué tan pesada sea, hasta el anochecer. Cualquiera puede hacer su trabajo, no importa que
tan difícil sea, durante el día. Cualquiera puede vivir una vida dulce, paciente, amorosa y
pura hasta la puesta del sol. Y esto es todo lo que la vida significa realmente".
Independientemente de lo difícil que sea, uno puede manejar la carga de este día, una tarea a
la vez, y avanzar en dirección a sus metas. Sólo cuando uno se pasa horas innumerables y
plañideras rememorando sus errores pasados, o preocupándose de las cosas terribles que
podrían suceder mañana, es cuando uno deja de escurrir este día precioso, que es todo lo
que uno tiene.
Hoy es su día, el único día de que dispone, el día en que puede mostrar al mundo que puede
hacer una contribución significativa. Tal vez nunca logre entender cuál puede ser el
significado de su papel en ese gran todo que es la vida, pero usted sigue estando aquí para
desempeñarlo, y ahora es el momento. No importa que tan llenas están las horas, hay que
recordar que sólo pueden entrar en la vida de uno en forma de un momento a la vez,
únicamente. Usted puede manejar cualquier momento, no importa qué tan difícil sea, cuando
le llega en fila india.
Cuando uno concluye su día, debe darlo por concluido. Nunca debe llevar parte de la carga
al día siguiente. Uno hizo lo mejor que pudo y si en ello hubo algunos desaciertos y errores,
hay que olvidarlos. Hay que vivir ese día, y todos los días, como si todo fuera a terminar con
la puesta del sol, y cuando ponga la cabeza en la almohada, debe descansar con la seguridad
de haber hecho lo mejor que pudo.


REGLA NUMERO DIEZ

A partir de hoy, uno debe tratar a todas las personas que encuentre, sean
amigas o enemigas, conocidas o extrañas, como si fueran a morirse a
medianoche. No importa qué tan trivial sea el contacto, Hay que brindar a
cada persona toda la atención, amabilidad comprensión y afecto que uno
pueda mostrar, y hay que hacerlo sin pensar en ninguna recompensa. Su
vida nunca volverá a ser igual.
Al igual que las reglas de cualquier juego, todas las reglas de la vida se relacionan entre sí.
Cuando se siguen las indicaciones de una regla, ésta lo llevará a la siguiente y así
sucesivamente, pero ahora uno está comenzando a jugar el juego de la vida como debe
jugarse. Vivir cada día como si fuera el único que uno va a tener es, de hecho, uno de los
principios supremos para una existencia dichosa y con éxito. Sin embargo, he aquí una regla
asociada que es exactamente igual de poderosa y productiva pero que, a diferencia de la
otra, muy poca gente la conoce.
Mientras se vive cada día como si fuera el único que se va a tener, hay que comenzar a tratar
a todos los que encuentre - su familia, vecinos, compañeros de trabajo, los desconocidos,
los clientes, incluso los enemigos, si se tienen - como si de cada una de esas personas se
conociera un secreto profundo y oscuro: ¡que todos están viviendo también su último día
en este mundo y morirán a media noche!
Ahora bien, amigo lector, ¿cómo se imagina que trataría a todos los que encuentre el día de
hoy si supiera que se van a ir para siempre cuando acabe el día? Usted lo sabe. Con más
consideración, atención, ternura y afecto de lo que nunca antes les haya brindado. ¿Y cómo
se imagina que reaccionará ante su amabilidad? Por supuesto. Con más consideración,
amabilidad, cooperación y afecto de lo que usted haya recibido de otras personas en el
pasado. Siga haciendo lo mismo, día tras día, ¿Y cómo se imagina que será su futuro, si lo
llenó con ese tipo de amor desinteresado? Ya está sonriendo. Usted conoce la respuesta,
amigo lector.
Hace años, cuando se enviaba a los autores a un recorrido publicitario para hacer la
promoción de sus libros en la radio, la televisión y la prensa, lo hacían más por su cuenta, a
diferencia de lo que ocurre hoy en día cuando literalmente son llevados de la mano de ciudad
en ciudad y de entrevista en entrevista, por representantes de la editorial en cada ciudad. En
esos "viejos tiempos", nuestros editores nos enviaban por correo boletos de avión más las
reservaciones de hotel y un programa de nuestras presentaciones de cada ciudad. Era
entonces responsabilidad del autor trasladarse a los aeropuertos y hoteles y tomar taxis para
ir de una entrevista a la siguiente. Si uno tenía siete u ocho compromisos al día, lo cual no
era desusado, y las entrevistas se repartían en el tiempo y la distancia, como ocurría en Los
Ángeles, se volvía un desafío supero a la propia resistencia y agilidad el simple hecho de
llegar a tiempo de una cita a la siguiente.
Este día memorable sucedió en Nashville hace varios años, cuando realizaba un recorrido.
Un joven chofer negro me llevó desde mi hotel hasta la estación de televisión WSM donde
me iba a presentar en The Noon Show. Como el viaje tomaba algo de tiempo, comenzamos
a conversar, y el conductor, cuyo nombre me lo aprendí, era Raymond Bright, parecía
fascinado por el hecho de que su pasajero iba a salir en televisión.
Mi programa impreso tan detallado me informaba que este programa se transmitía en vivo,
con público en el estudio, y que tenía un formato muy similar al de The Tonight Show,
incluso contaba, con su propia banda y tal vez uno o dos cantantes. Mientras nos
aproximábamos al hermoso edificio, mi taxista dejo en voz alta:
-¡Esa de allí es la mejor estación del Nashville!
Tal vez se debió a que la regla de tratar a los demás con afecto y atención como si fueran a
morir a medianoche, seguía estando fresca en mi mente ya que la había mencionado
extensamente en varios programas el día anterior, el hecho es que, cuando le estaba pagando
a Ray, le pregunté impulsivamente:
-¿Alguna vez ha visto como se hace un programa de televisión?
- No, señor.
- Pues bien... si dispone usted de una hora o algo así, y está bien que me cobre la espera,
¿por qué no entra conmigo para que me vea hacer el tonto?
Me miró con ojos de asombro: -¿De veras?
- Claro, y luego que termine, me puede llevar al centro, a la librería Cokesbury, donde voy a
firmar autógrafos a la una y media.
De un salto, Raymond subió de nuevo en su taxi, levantó la banderilla amarilla de taxímetro,
lo que significaba que no me estaba cobrando nada, y volvió a salir. Dentro de la estación, le
presenté mi nuevo amigo a un sorprendido Teddy Bart, el conductor del programa y a
Elaine Ganick, la productora, quienes nos condujeron al estudio iluminado donde la banda
ya estaba afinando. Ray fue llevado a un asiento en primera fila, y mientras yo salía a
ponerme de acuerdo con Teddy y Elaine sobre qué era lo que íbamos a conversar, el taxista
veía admirado a la banda que repasaba sus números mientras las cámaras de televisión y los
micrófonos pasaban de un lado a otro en un ensayo final.
Cuando terminó el programa, nos fuimos a toda prisa a la librería del centro. Después de
esto, le dije a Ray que me estaba muriendo de hambre y me llevó a almorzar a lo que
denominó "mi sección de la ciudad", y aunque yo era el único blanco en ese sitio, las
hamburguesas fueron las mejores que he comido. Cuando llegó el momento de pagar,
empecé a buscar mi cartera pero un brazo fuerte me lo impidió. Ray iba a pagar, y no había
más que decir. Nada de discusión. Me llevó a otros dos programas de radio, me esperó, me
llevó de regreso al hotel a recoger mis cosas y luego me transportó al aeropuerto.
En el camino, mientras comenzaba a dormitarme en el asiento trasero, escuché su voz
profunda:
- Señor Og (para entonces me llamaba como me habían estado llamado antes los
conductores de los programas de radio)... Señor Og, nunca voy a olvidar este día mientras
viva.
- Por qué, Ray?
- Porque hoy, por primera vez en mi vida, me siento importante.
En todo el camino al aeropuerto, una que otra vez veía esos grandes ojos marrón que se me
quedaban viendo por el espejo retrovisor y lo oía repetir, una y otra vez: ¡Usted me hizo
sentir importante!
En el aeropuerto, Ray saltó del taxi y llevó mis maletas al sitio donde se registra el equipaje.
Luego le pagué y se me acercó y me abrazó - lo que sorprendió a unos cuantos mirones -
mientras gruesas lágrimas le corrían por las mejillas.
- Lo amo, señor Og - murmuró.
- Y yo a usted también, Ray - repuse con voz ronca.
Muerto a media noche. Una visión que procede a una nueva forma de tratar a todos los que
uno encuentra. Realmente es fácil de hacer y lo que uno recibe en retribución puede cambiar
su vida para siempre ¡Inténtelo, amigo lector!


REGLA NUMERO ONCE

Hay que reírse de sí mismo y de la vida. No con el ánimo de burlarse ni de
autocompasión plañidera, sino como un remedio, como un medicamento
milagroso, que le mitigará a uno el dolor, le curará la depresión y le
ayudará a poner en perspectiva la derrota aparentemente terrible del
momento. Uno debe borrar la tensión y las preocupaciones riéndose de sus
predicamentos, con lo que liberará su mente para pensar con claridad en la
solución que seguramente llegará. Nunca hay que tomarse demasiado en
serio.
Los días más desolados son aquellos en que no se ha oído el sonido de la risa. Una buena
sonrisa es un rayo de sol en cualquier hogar, así es que no hay que dejar pase un día sin
exteriorizar el lado feliz de uno, aunque esté luchando con el caos. Cada vez que sonríe, y
más cuando ríe, se añaden momentos preciosos a la propia vida.
El hombre es la única criatura dotada con el poder de la risa, y tal vez es la única criatura
que merece que se rían de ella. Sin embargo, la mejor de las risas es la de aquella persona
que tiene suficiente confianza en sí misma. Esto demuestra la rara capacidad de mirarse con
objetividad, y si uno puede hacer eso, todas sus preocupaciones se encogerán.
Claro que hay reglas para jugar bien este difícil juego de la vida, pero uno no debe olvidar
nunca que se sigue tratando de un juego - un juego que nadie debe tomar jamás demasiado
en serio. Si no nos las ingeniamos para extraer un poco de gozo de este día, ¿qué caso
tiene? Reírme de mí mismo y, por supuesto, no tomarme demasiado en serio es una regla
del juego que debo seguir aprendiendo una y otra vez. Cada vez que comienzo a actuar un
tanto demasiado profesional o pomposo o que asumo el papel del "autor famoso", Dios
siempre me preparara para otra merecida caída que me enderece... hasta la próxima vez.
Acababa de estar varios días visitando estaciones de radio y televisión en la zona de Atlanta,
y ahora me llevaban en una limosina negra a firmar autógrafos en un centro comercial
aproximadamente a dos horas de la ciudad. Mi programa me indicaba que iba a visitar una
pequeña estación cristiana de radio donde iba a conversar en vivo con un caballero conocido
como "el Reverendo John".
A su debido tiempo, nos estacionamos frente a una casita de campo cuya pintura blanca
comenzaba a descascararse. Mi conductor se volvió y me dijo, casi en tono de disculpa.
- Esta es Señor. La radiodifusora.
Antes de haber subido el último escalón, se abrió la puerta del frente y allí estaba el
Reverendo John. Supe que era él porque llevaba un letrero bordado en hilo rojo con ese
nombre por encima del bolsillo superior de su atuendo blanco de una pieza.
-¡Bienvenido a nuestra humilde estación, señor! - exclamó mientras me abrazaba - Es un
gran honor.
Atravesamos lo que alguna vez probablemente había sido una estancia pero ahora estaba
lleno de equipos electrónicos y tableros de discos y cintas. Pude oír salmos mientras el
reverendo me conducía a su "estudio" en la parte de atrás.
- Saldremos al aire en sólo unos cuantos minutos - dijo mi anfitrión - Siéntese allí y póngase
cómodo.
El reverendo John señalaba con un gesto de la cabeza en dirección a una mesa sin pintura
sobre la cual se apoyaba precariamente un micrófono, unido con varios clavos a los tableros.
Me deslicé para sentarme en la tosca banca, y me pregunté si los editores, allá en sus
elegantes oficinas de la Quinta Avenida, tenían idea de las cosas por las que tenían que pasar
los autores. Luego, para mi gran sorpresa, el Reverendo John se acomodó a mi lado en la
banca, y de pronto comprendí que le micrófono que había sobre la mesa era el único y que
íbamos a compartirlo. Vaya cambio después de pasarme días entre el brillo y el cristal de las
radiodifusoras de Atlanta. Sin embargo, me dije a mí mismo que podía soportar cualquier
cosa durante treinta minutos.
En ese viaje estaba promocionando Operación Jesucristo, y a diferencia de tantos
entrevistadores, que nunca leen el libro de uno antes de la entrevista, el Reverendo John
no sólo lo había leído, sino que había preparado una larga lista de preguntas muy
perceptivas, en un cuaderno de notas, a la cual constantemente se refirió una vez que
estuvimos en el aire.
Realmente estaba disfrutando nuestra conversación cuando, aproximadamente a la mitad de
la entrevista, sonó con fuerza el timbre de un teléfono que había en el otro cuarto. Por
supuesto que este "estudio" no estaba insonorizado, como lo está la mayor parte, así es que
el fuerte ruido del teléfono, que llegó a mitad de mi respuesta a una de sus preguntas, me
descontroló completamente y casi pierdo el hilo de mis pensamientos mientras trataba de
recobrar la compostura.
El maldito teléfono siguió sonando y sonando. Finalmente, un molesto Reverendo John echó
un vistazo a su cuaderno de notas, me hizo la pregunta siguiente de su lista y luego, ante mis
horrorizados ojos, se volvió, pasó las piernas por encima de la banca, se puso de pie y
desapareció en el otro cuarto, me imagino que para atender el teléfono. Heme aquí ahora
respondiendo ante una banca vacía - y un micrófono funcionando - y hable... muy... muy
despacio, demorándome, sin saber qué haría si completaba mi respuesta antes de que mi
amigo hubiera regresado.
Finalmente, agoté el tema y el Reverendo John no aparecía por ningún lado. Y entonces, por
primera vez en mi vida, se me ocurrió una brillante idea. Estiré el brazo y acerqué su
cuaderno de notas, lo puse frente a mí, y recorrí con el dedo su lista de preguntas, encontré
la que seguía y dije: "Reverendo John, me imagino que usted se ha de preguntar de dónde
saqué la idea de Operación Jesucristo.
...y durante los siguientes catorce minutos, !me entrevisté yo sólo!
Finalmente, sentí que alguien me tocaba el hombro. Estaba tan concentrado en mi doble
papel de entrevistador y entrevistado, que ni siquiera me di cuenta de que mi anfitrión había
regresado. Señalo el enorme reloj que había en la pared, se inclinó y dijo frente a nuestro
micrófono: "Señor Mandino, fue un gran honor tenerlo con nosotros el día de hoy. Le deseo
un gran éxito con este libro maravilloso y que viaje seguro durante el resto de su recorrido.
¡Dios lo bendiga!
Al decir eso, oprimió un botón y el himno "Never My God to Thee" se difundió pro las
ondas hertzianas, mientras que yo me incorporaba secándome la frente. Fue entonces
cuando recordé, una vez más, esa regla tan importante de la vida que nos dice que hay que
reírnos de nosotros mismos. El Reverendo John me mostraba una tarjeta y se veía
complacido.
- Señor Mandino, siento haber tenido que hacerle pasar ese apuro, aunque se las arregló
usted con gran maestría. La llamada era de mi madre de ochenta y dos años que vive en San
Diego, y la última vez que hablamos me prometió que la siguiente vez que me llamara me
daría nuestra vieja receta familiar par preparar el pan de zanahoria.
Hay que reírse del mundo. Y lo más importante, hay que reírse de uno mismo. Si en la
farmacia de su preferencia se vendiera la risa, el doctor familiar le recetaría algo de risa al
día. Es una forma mucho mejor de vivir.


REGLA NUMERO DOCE

Nunca deben descuidarse los detalles, ni escatimarse ese esfuerzo adicional,
esos cuantos minutos de más, esa palabra suave de alabanza o
agradecimiento, esa entrega de lo mejor que uno puede hacer. No importa
lo que los demás piensen, pero sí es de primordial importancia lo que uno
piensa de sí mismo. Usted nunca podrá hacer lo mejor, que debería ser
siempre su rasgo distintivo, si está tomando atajos y evadiendo
responsabilidades. Usted es alguien especial. Debe actuar como tal. ¡Nunca
deben descuidarse los detalles!
Maestro, estudiante obrero de una fábrica, vendedor, administrador, padre de familia,
entrenador, atleta, conductor de taxi, elevadorista, médico, abogado - no importa qué retos
se acepten en esta vida, qué tareas deban desempeñarse para ganarse el pan de cada día...
nunca deben descuidarse los detalles.
En efecto, estamos viviendo en una era que parece ir más rápido que la velocidad de la luz, y
en nuestro mundo apresurado es fácil caer en el hábito de tomar atajos, de pasar por alto
algunas de nuestras obligaciones, cuando pensamos que nos puede resultar. Olvidamos las
lecciones de la historia y las advertencias de los hombres sabios. Descuidar los detalles, en
cualquier cosa que uno esté haciendo, puede resultar desastroso.
Edison perdió una valiosa patente porque inadvertidamente colocó mal un solo punto
decimal. Roberto de Vicenzo perdió un Torneo Maestro porque firmó, sin tomarse el tiempo
de verificarla, su tarjeta de puntos en la que había un puntaje incorrecto. Y estoy seguro que
usted, lector, alguna vez recibió el adagio de Benjamín Franklin: "Por falta de un clavo, la
herradura se perdió, y por falta de un jinete la guerra se perdió".
Evidentemente, el sueño de todos es encontrar algo que hacer en este mundo, un trabajo que
le guste tanto a uno que estaría dispuesto a hacerlo gratis. Desafortunadamente, esto no le
sucede a muchos y por eso la mayoría de nosotros aburriéndose cada vez más de su tarea en
la vida, gradualmente deja de hacer su mejor esfuerzo y realiza un trabajo chapucero cada
vez que se puede. Por no mencionar lo que esta manera de vivir le hará a la imagen que uno
tiene de sí mismo, los detalles pasados por alto o manejados sin cuidado, a menudo pueden
provocar problemas mayores que con toda seguridad impedirán que uno avance. Somos una
creación de Dios. Nunca hay que dejar que nada de lo que surge de uno, actos, objetos,
esfuerzo o amabilidad, sea menos de lo mejor que uno puede dar. Sólo los fracasados y los
mediocres descuidan los detalles.
Un ejemplo muy bueno de esta verdad tan sencilla pero poderosa, de esta residente regla de
la vida, se yergue en lo alto de la Isla de la Libertad en la bahía de Nueva York. Si alguna
vez va usted, amigo lector, a la ciudad de Nueva York y dispone de unas cuantas horas para
disfrutarlas, le recomiendo que realice uno de los varios viajes en helicóptero que salen del
pie de la calle Treinta y Cuatro Este en East River. Cuando llegue finalmente a la hermosa
Estatua de la Libertad que se levanta orgullosa en medio de la bahía, le pido que preste
especial atención.
La mole de cobre con estructura de acero de la Dama Libertad destaca más de noventa
metros sobre el nivel del mar. Mientras un helicóptero da vueltas cada vez más cerca, le
recomiendo que mire la parte superior de la cabeza de la estatua para que observe cada
mechón de cabello se elaboró esmeradamente hasta el mínimo detalle y, al igual que todas
las demás partes de su bata y de su cuerpo. Ese delicado peinado metálico en la parte
superior de la cabeza indudablemente requirió de muchas semanas adicionales en el taller
parisino de Auguste Barholdi, semanas que el gran escultor podía haberse ahorrado pues,
hasta donde podía saber, nadie vería nunca la parte superior de la cabeza de la estatua.
La estatua fue inaugurada el 28 de octubre de 1886 por el presidente Grover Cleveland. ¡En
1886 no había aeroplanos! ¡Los hermanos Wrigh ni siquiera lograron su primer despegue
primitivo del suelo en Kitty Hawk sino diecisiete años más tarde! Bartholdi estaba bien
consciente de que sólo unas cuantas gaviotas valientes podrían alguna vez mirar a la estatua
desde arriba, y con toda seguridad nadie hubiera sabido nunca si los mechones de pelo no
habían sido modelados y pulidos meticulosamente. Sin embargo, el maestro artesano no
tomó ningún atajo. ¡Cada mechón de cabello, cada rizo, está en su sitio!


REGLA NUMERO TRECE

Hay que recibir cada mañana con una sonrisa. Uno debe considerar el
nuevo día como otro regalo especial de su Creador, otra oportunidad dorada
para completar lo que uno no pudo concluir ayer. Hay que motivarse uno
mismo. Hay que dejar que la primera hora establezca el tema del éxito y la
acción positiva que con toda seguridad resonará durante todo el día. El día
de hoy nunca volverá a ocurrir. No hay que desperdiciarlo con un inicio
falso o completamente nulo. Usted no nació para fallar.
Uno debe ser automotivador. Debe recibir el amanecer de cada nuevo día con una sonrisa de
gratitud al Creador por otra oportunidad de mejorar lo que se hizo ayer. Somos tantos los
que abandonamos agachados y temerosos nuestro lugar de descanso con miedo a lo que
cada día pueda traernos, sin darnos cuenta nunca de que la forma en que actuemos durante
esas primeras horas marcará su huella durante todo el día, y nos prepara para mañana y
todos los mañanas que vienen a continuación.
Que terrible es despertar y enfrentar un día tan desolado, doloroso y aburrido que todo lo
que podemos esperar es el sueño misericordioso que nos aguarda después de la puesta del
sol.
Hay una mejor manera de vivir. Enfrentar cada mañana con un brillo de esperanza en los
ojos, recibir el día con reverencia por las oportunidades que contiene, saludar a todos los
que uno encuentre con risas y afecto, ser bueno, amable y cortés con amigos y enemigos, y
disfrutar la satisfacción de un trabajo bien hecho durante horas preciosas que nunca
regresarán - ésta es la forma de que uno deje su huella.
Sobre todo, hay que recibir la mañana con una sonrisa. ¿Verdad que es fácil? Ahora bien, si
este sencillo acto representa un problema para usted, amigo lector, si se despierta y siente
que no tiene nada por qué sonreír, no se desespere. A todos nos pasa. Hay muchos días en
que hasta los individuos más positivos preferirían permanecer en la soledad de sus cuartos en
vez de enfrentar un mundo que a veces puede ser hostil y desatento. Todos tenemos días
"deprimentes" incluso los personajes mundiales más poderosos, las grandes estrellas de los
deportes y los presidentes de las grandes corporaciones. Una que otra vez, todo el mundo
despierta con la sensación de que más le convendría esconder la cabeza debajo de la mullida
almohada, en vez de avanzar a paso de tortuga por los embotellamientos o hacer esa primera
visita de ventas o verle la cara a ese jefe desagradable.
Ahora bien, la próxima vez que despierte usted, lector, sintiéndose muy mal por toda la
irritación y la escasa recompensa que le espera, he aquí la receta perfecta que lo enviará al
mundo con una actitud tan positiva que no podrá dejar de tener un gran día. Este sencillo
truco, o técnica, o como lo quiera llamar, nunca ha fallado, no le costará ni un centavo y sin
embargo, hará más por usted que su jugo de tocino, café o cualquier cinta de motivación
que laguna vez se haya grabado - lo enviará al mundo con una actitud positiva, poderosa,
productiva y.. agradecida.
Todo lo que tiene usted que hacer para que le brille el sol y le suene la música cada vez que
se despierte sintiendo lástima de usted mismo es simplemente tomar el periódico matutino.
Nunca mire la primera página en las primeras horas de la mañana, a menos que realmente
quisiera arrastrarse hasta el sótano para esconderse. En vez de esto, abra el diario en la
sección de... ¡obituarios!
En esa sección, amigo lector, encontrará una larga lista de nombres de personas que se
sentirían absolutamente encantadas de cambiar de lugar con usted, ¡incluso con todas sus
irritaciones, dudas, temores y problemas! Le recomiendo que lo intente cada vez que se
sienta deprimido en la mañana. Me lo agradecerá.
¿Ahora sí escucha el canto de los pájaros?


REGLA NUMERO CATORCE

Uno logrará su gran sueño, un día a la vez, así es que hay que fijar metas
para cada día - no proyectos largos y difíciles, sino tareas que lo llevarán a
uno, paso a paso, hacia su arcoiris. Debe anotarlas, si así le parece, pero
hay que limitar la lista de manera que no se tengan que arrastrar las
cuestiones inconclusas de hoy hacia el mañana. Hay que recordar que uno
no puede construir su pirámide en veinticuatro horas. Hay que ser paciente.
Nunca debe dejar que su día esté tan lleno de actividades que se descuide la
meta más importante - hacer lo mejor que pueda, disfrutar este día y
mantenerse satisfecho con lo que ha logrado.
Fijar metas es fácil. Al igual que ocurre con las resoluciones de Año Nuevo, cualquiera de
nosotros puede hacer una larga lista de las cosas que espera lograr en el futuro.... pero luego
seguimos viviendo exactamente como el pasado.
Abordemos una vez más ese proyecto elusivo pero necesario, y permítame que le ayude,
amigo lector. Primero, una advertencia. Cualquier meta que lo obligue a trabajar día tras día
y año tras año, durante tanto tiempo y con tanto esfuerzo que nunca tenga tiempo para usted
mismo ni para sus seres queridos, no es una meta sino una condena... una condena a toda
una vida de infelicidad, no importa cuánta riqueza y éxito logre.
A menudo se nos dice que la "ida es un viaje" Los supuestos expertos en la motivación
utilizan la expresión incesantemente, las solapas de los libros la proclaman y uno la puede oír
en una gran cantidad de cintas: "la vida es un viaje" Suena tan elocuente que debería ser
cierta. Esta gran sabiduría debería ir acompañada, por lo menos, de música de órgano.
Lo que esa expresión boba nos está diciendo es que uno debe combatir, luchar y trabajar
horas interminables para alcanzar la primera meseta del éxito. Pero, un momento, eso no es
suficiente. La vida es un viaje. Así que tome aliento, pídale a sus seres queridos que se hagan
a un lado y continúe afanándose y luchando, días y noches, hasta que en algún momento
llegue a su segunda meseta. ¡Fabuloso! ¿Que si ahora puede descansar? ¡Qué lástima! Es un
viaje, amigo mío, así que tome alimento y siga luchando y sudando y agonizando hasta que
llegue a la siguiente meseta y luego a la siguiente.
Y luego, un día...
Tolstoi, el brillante novelista ruso, no dejó una valiosa alegoría sobre cómo el hombre
siempre ha fracasado en la consecución de metas que tienen muy poca relación con nuestra
felicidad y con el disfrute del breve lapso que pasamos en la tierra. Un campesino de nombre
Pakhom está seguro de que tendrá un gran éxito cuando finalmente tenga un terreno tan
grande como los terrenos que no tienen las vastas propiedades de la élite de la nobleza rusa.
Esa es una meta. Llega el día en que le hacen una oferta sorprendente - se le concederá, sin
costo, todo el terreno que él mismo pueda rodear corriendo desde el amanecer hasta el
ocaso.
Pakhom vende todo lo que tiene con el fin de trasladarse al lejano lugar donde se le hizo esta
oferta. Después de muchas penalidades, llega allá y se pone de acuerdo para aprovechar su
gran oportunidad al día siguiente.
Al amanecer, Pakhom comienza a correr a una velocidad vertiginosa. Pasa corriendo bajo el
brillante sol matinal, con la meta fija ante los ojos, sigue corriendo bajo el intenso calor, sin
ver a diestra o siniestra. Todo el día continúa al mismo ritmo, sin detenerse si a comer, ni a
tomar agua, ni a descansar; su propiedad aumenta a cada zancada. Finalmente cuando el sol
se pone más allá del páramo y las sombras envuelven la tierra, Pakhom avanza titubeante
hacia la meta. ¡Victoria! Logró su objetivo. ¡Éxito!
Y entonces... al dar su último paso, Pakhom cae muerto de agotamiento. Toda la tierra que
ahora necesita... son dos metros.
El éxito no es un viaje. Este día, al igual que todos los demás, es un don especial de Dios.
Uno debe fijarse metas de modo que cumpla su potencial para el día, incluso corriendo ese
kilómetro adicional, pero hay que dejar que algunas de esas metas le den a uno gozo,
sonrisas y paz. Y uno debe planear esas metas diarias de tal manera que no sean sino pasos a
lo largo del camino hacia los grandes sueños que uno guarda secretamente en su corazón.
Hay que darse todas las oportunidades de triunfar, y si se fracasa, que haya sido después de
intentar el triunfo.
Habría que escuchar a Séneca, ese sabio de la Antigua Roma: "La verdadera felicidad
consiste en disfrutar del presente, sin depender ansiosamente del futuro, sin entretenernos ni
en esperanzas ni en temores, sino descansando satisfechos de lo que tenemos, lo cual es
suficiente, pues quien es feliz no desea nada. Las grandes bendiciones de la humanidad están
dentro de nosotros y a nuestro alcance. El sabio se contenta con su suerte, sea cual sea, sin
desear lo que no tiene".
A pesar de una larga e ilustre carrera, recompensada tanto con reconocimiento del público
como con bienes materiales, un gran cómico estadounidense admitió recientemente en una
entrevista que nunca se había sentido seguro de su éxito. Dijo: "Tengo la sensación, a veces,
de que una mañana voy a despertarme y todo se habrá ido. Alguien va a decir: "Esto es
todo, muchacho, se acabó todo par ti"". Y así, aunque tiene mas de sesenta años, este
hombre tan talentoso como Pakhom, hace interminables apariciones en teatros, centros
nocturnos, en películas y en televisión. Sus seguidores están encantados de que lo haga, pero
yo desearía que también se detuviera a aspirar el perfume de esas rosas una que otra vez,
antes de que todos los pétalos se caigan.
Todos estamos atrapados en el remolino del cambio, como nos lo advirtió Schopenhauer,
donde la persona, si quiere por lo menos mantenerse erguida, debe siempre avanzar y
moverse, como un acróbata en la cuerda floja. Hay una mejor manera de vivir.


REGLA NUMERO QUINCE

Uno no debe permitir nunca que nadie le eche a perder su desfile y de esa
manera arroje una sombra de tristeza y derrota en todo el día. Hay que
recordar que no se requiere nada de talento, ni abnegación, ni inteligencia,
ni carácter, para estar en el equipo de los que encuentran fallas. Nada
externo puede tener poder sobre una a menos que uno lo permita. El tiempo
es demasiado precioso para sacrificarlo en días desperdiciados combatiendo
las fuerzas rastreras del odio, los celos y la envidia. Usted debe proteger
cuidadosamente su frágil vida. Únicamente Dios puede crear la forma de
una flor, pero cualquier niño puede hacerla pedazos.
La vida, según nos dijo Montaigne, es algo tierno que puede lastimarse con facilidad.
Siempre hay algo que puede marchar mal. A menudo, los contratiempos más ligeros y
pequeños son los más inquietantes y, al igual que las letras pequeñas son las que más nos
cansan los ojos, estas pequeñas vejaciones son las que más nos perturban y ensombrecen
nuestro día, si lo permitimos.
Los humanos somos animales extremadamente frágiles. Podemos despertar con una canción
en los labios y una gozosa anticipación de las horas por venir en nuestros corazones, y luego
permitimos que palabra severas de otro humano o el embotellamiento del tránsito, o el
derrame de una taza de café nos arruinen todo el día.
Uno no debe permitir nunca que nadie, ni nada, le arruine su desfile. Siempre habrá
detractores, críticos o cínicos que sienten envidia de uno, de sus habilidades, de su trabajo y
de su manera de vivir. No hay que tomarlos en cuenta. Son como una campana en un paso
elevado, que tañe con durezas y en vano mientras pasa rugiendo el tren. Las horas y los días
de uno son demasiado valiosos para molestarse con este grupo de envidiosos que nunca ven
una buena cualidad en ningún ser humano pero que nunca dejan de ver una mala cualidad.
Son búhos humanos, vigilantes en la oscuridad y ciegos en la luz, al acecho de sabandijas
pero incapaces de ver una buena presa.
Nadie puede nunca distraernos de ser felices o hacer lo mejor que podemos hacer... a menos
que le demos permiso para ello. Hay que recordar que quien puede reprimir una ira
momentánea puede impedir todo un día de tristeza.
Las pequeñas aventuras y los comentarios hirientes de cada día, si se les toma mucho en
cuenta y se les magnifica, pueden hacerle un gran daño a uno, pero si uno los pasa por alto y
los saca de su mente, gradualmente pierden toda su fuerza. Los detractores están en todas
partes. Hay que recordar que la envidia, al igual que el gusano, siempre se siente atraída por
la mejor manzana. Franklin dijo una vez que quienes se desesperan por alcanzar la distinción
con sus propios esfuerzos, se sienten felices cuando es posible rebajar a otros a su nivel.
Uno no puede progresar en la vida si vive como ermitaño, así es que hay que entrar en
contacto con el mundo y su desfile de desventuras y críticas, pero sin permitir nunca que le
echen a perder su desfile. Hay que alejarse de los envidiosos.
Nunca debe responderse a su envidia y veneno con la misma moneda. Debe tenerse presente
que incitar el fuego para el enemigo equivale a quemar toda la casa para deshacerse de una
rata. No hay que rebajarse nunca a su nivel. Boooker T. Washington, quien se elevó desde la
situación degradante y desesperada de la esclavitud, nos dio a todos una lección especial
sobre cómo vivir una vida mejor cuando escribió: "No permitiré que nadie rebaje mi alma
haciéndome odiarlo". Piense usted, amigo lector, en estas palabras la próxima vez que
alguien trate de rebajarlo hasta su nivel.
Nada externo puede tener poder sobre mí. Deje que este sea su lema, al igual que fue el de
Walt Whitman, y con él se mantendrá tranquilo a lo largo de cualquier día.
Hace muchos años, un domingo muy temprano, estaba sentado en una cafetería tejana
precisamente en las afueras de El Paso; disfrutaba mi desayuno y también me divertía con
una camarera vivaz animada de rubia cabellera que sonreía y bromeaba con todos los
clientes mientras corría de mesa en mesa con las órdenes. Era alguien que evidentemente
disfrutaba su trabajo y su vida, y su actitud era contagiosa. Esa mañana, todos nos sentimos
un poco mejor gracias a ella.
Mientras me tomaba mi segunda taza de café, pensando en el largo viaje que me esperaba,
un hombre de edad con un portafolios abultado se dejó caer en el siguiente banquillo, echó
un rápido vistazo a la carta e hizo señas a nuestra pequeña camarera. Ella se le acercó
contoneándose, le lanzó su mejor sonrisa tejana y le dijo:
- Lindo día, ¿verdad?
El viejo caballero torció la boca y le contestó con un gruñido:
- ¿Qué tiene de lindo?
La sonrisa de la bella rubia no se inmutó:
- Vaya, señor, nada más intente perderse algo de un día como éste, ¡y ya verá!
Uno controla su vida. Si alguien le echa a perder su desfile y le arruina el día, es únicamente
porque uno lo permitió. Nunca más, ¿de acuerdo?


REGLA NUMERO DIECISÉIS

Hay que buscar la semilla del bien en todas las adversidades. Cuando uno
domina ese principio, posee un valioso escudo que lo protegerá bien a través
de todos los oscuros valles por donde tenga que pasar. Es posible ver las
estrellas desde el fondo de un pozo profundo, en tanto que no pueden
distinguirse desde la cima de una montaña. De la misma manera, usted
aprenderá de la adversidad cosas que uno no habría descubierto jamás sin
dificultades. Siempre hay una semilla del bien. Uno debe encontrarla para
prosperar.
Aproximadamente un año después de que me ascendieran a la presidencia de la revista Éxito
Ilimitado de W. Clement Stone, y con la ayuda de los comerciales de Paul Harvey por la
radio de todo el país, nuestra circulación estaba alcanzando alturas inexploradas en la
gráfica de ventas que había en mi oficina. Y entonces cometí un terrible error de
apreciación, error que con toda seguridad no sólo iba a retrasar nuestro progreso, sino
que le costaría una fortuna a la compañía.
Apenas me di cuenta de los que había hecho, telefoneé a W. Clement Stone y le solicité una
entrevista, durante la cual cuidadosamente le relaté, sin quitar ni poner nada, cómo me las
había ingeniado para enredar las cosas. Stone escuchó atentamente mis palabras, sólo me
interrumpió unas cuantas veces para aclarar determinados hechos, y al terminar, me quedé
sentado allí nada más, con la sensación de haberle fallado y en espera de que cayera la
cuchilla. Estaba seguro de que mi carrera como editor había terminado.
Stone seguía viendo el techo, chupó varias veces el humo de su largo habano antes de
volverse por fin hacia mí, sonriente, para decirme: ¡Magnífico, Og!
¿Magnífico? ¿Se habría vuelto loco? Le acababa de hacer gastar una pequeña fortuna y a la
vez le había puesto en entredicho su querida revista, y me estaba diciendo que magnífico. No
dije nada, probablemente porque estaba en un estado de conmoción parcial. Luego Stone se
inclinó hacia adelante, me tocó el brazo y me dijo suavemente: "Realmente es magnifico,.
Og. Deja que te explique por qué".
A continuación, el gran hombre se puso a enseñarme una regla para vivir que me ha sido
invaluable durante más de un cuarto de siglo. Con todo cuidado me explicó que aunque se
daba cuenta de que lo que había ocurrido a la revista era una adversidad terrible, estaba
seguro de que, si considerábamos largo y tendido nuestro problema, podríamos encontrar
una semilla de bien en toda esa dificultad, una semilla que podríamos utilizar en nuestro
provecho. Me recordó que cada vez que Dios cerraba una puerta, siempre se abría otra, y
durante varias de las horas siguientes examinamos nuestro problema desde todos los ángulos
posibles. Finalmente, mientras yo anotaba página tras página, ideamos un plan que no sólo
sirvió para recuperar nuestra cuantiosa pérdida, sino que agregó mucho a nuestros ingresos
por publicidad durante muchos años. Esas horas especiales constituyeron la mayor
experiencia de aprendizaje en mi vida.
Uno debe sembrar siempre la semilla del bien, en cualquier adversidad. No hay una regla
para vivir que sea más exigente que ésta, pero, una vez que uno ha aprendido a reaccionar
ante cualquier problema con la palabra "Magnífico" y luego se toma el tiempo para descubrir
qué podría haber de bueno en el serio problema que uno tiene, se sorprenderá al ver con
cuánta frecuencia se puede cambiar una derrota segura en una victoria.
Samuel Smiles, autor del primer libro sobre el éxito intitulado Autoayuda a finales del siglo
XIX, dijo que siempre aprendemos más de nuestros fracasos que de nuestros éxitos. Con
frecuencia descubrimos lo que sí funciona al descubrir lo que no funciona, y quien nunca
haya cometido un error nunca ha experimentado la emoción de hacer que una pérdida
aparente se vuelva un triunfo.
El principio de transformar los debes en haberes es tan antiguo como el hombre. Por
ejemplo los amigos de Santa Claus, los esquimales, que se las han arreglado para sobrevivir
durante milenios extrayendo la semilla del bien de su mayor adversidad; convierten las únicas
materias primas de que disponen, el hielo y la nieve, en iglúes para guarecerse del frío. Un
viejo amigo con quien juego al golf dice que la verdadera prueba da la vida, al igual que
ocurre en el golf, no es el hecho caer en las trampas, sino el poder salir de ellas, como
cuando la pelota ha caído entre pasto muy crecido. En los juegos y en la vida, quienes han
aprendido a enfrentar la adversidad son quienes ganan los campeonatos.


REGLA NUMERO DIECISIETE

Uno debe darse cuenta que la verdadera felicidad radica dentro de uno
mínimo. No hay que desperdiciar tiempo ni esfuerzo en buscar la paz, la
alegría y el gozo en el mundo externo. Hay que tener presente que no hay
felicidad en tener u obtener, sino únicamente en dar. Hay que dar.
Compartir. Sonreír. La felicidad es un perfume que no se puede escanciar
en los demás sin que unas cuantas gotas caigan en uno mismo.
Nathaniel Hawthorne nos advirtió, hace mucho, que era mucho más fácil atrapar una
mariposa que el sentimiento esquivo llamado felicidad. Según escribió, la felicidad, cuando
se presenta en este mundo, ocurre incidentalmente. Si hacemos de ella el objeto de nuestra
búsqueda, eso nos llevará a una persecución infructuosa y nunca la alcanzaremos. Sin
embargo, como Aristóteles declaró ante el mundo: "La felicidad constituye el significado y el
propósito de la vida, el único objetivo y fin de la existencia humana".
Veamos por ejemplo las hordas que todas las noches se reúnen en las ciudades en busca de
unas cuantas horas de felicidad. ¿Cuántos millones de dólares anuales gastamos en adquirir
placer de todo tipo? ¿Funciona? ¿Somos felices? recientemente llevé a cabo un experimento
que había estado diciendo que haría durante años. Una tarde soleada, me instalé en una
esquina de la calle Cincuenta y Cuatro y de la Quinta Avenida en la ciudad de Nueva York y
me puse a observar a las siguientes doscientas personas que pasaron frente a mí en dirección
al sur. De acuerdo con mi expectativa, menos de diez iban sonrientes, o por lo menos que
parecieran felices. ¿Por qué? Si la felicidad es una condición normal, como la buena salud,
¿por qué no somos más los que la disfrutamos?
Probablemente no lo estamos disfrutando porque ni siquiera estamos seguros de saber que
es. La mayoría de nosotros supone que si se tiene una gran riqueza o un gran poder,
deberíamos ser felices con toda seguridad; sin embargo, conozco a muchos millonarios que
son muy atormentados y solitarios. Hace poco, en un fascinante crucero por el Canal de
Panamá en el Royal Princess, me quedé sorprendido de ver cuán pocas caras felices había a
bordo de este elegante transatlántico de lujo, Ser mimado, atendido y malacostumbrado
parecía no significar nada para la mayoría de los pasajeros. No debería haberme sorprendido.
Si los ingredientes de la felicidad no están dentro de la persona, ningún logro material,
ninguna diversión ni ninguna tarjeta de crédito "Dorada" puede hacer sonreír a esa persona.
Thoreau, mi viejo amigo, tenía mucho que podía decir al respecto, entre otras cosas: "Estoy
convencido, a partir de la experiencia, de que permanecer en este mundo no es un trabajo
arduo sino una diversión cuando vivimos con sencillez y sabiduría. La mayor parte de los
lujos, y muchas de las así llamadas comodidades de la vida, no solo son completamente
prescindibles, sino verdaderos, obstáculos para la elevación de la humanidad"
¿Recuerda usted, amigo lector, al Caballero Blanco de A través del espejo de Lewis Carroll?
Cuando Alicia lo conoció, el tipo iba cargado de lujos - una colmena para atrapar las abejas
que pudieran acercársele, una trampa para protegerse de los roedores, brazaletes alrededor
de las patas de su caballo para protegerlo de las mordidas de tiburones, e incluso un plato en
anticipación del budín de ciruela que algún alma caritativa le podría ofrecer. Cargado de
estos adminículos, el caballero es un símbolo perfecto de quienes buscan la felicidad
juntando dinero, objetos y bienes raíces.
¿La felicidad... es una mariposa? Tal vez no. "Muy poco se necesita para hacer una vida
feliz", escribió Marco Aurelio, "todo se halla dentro de uno mismo, en su manera de pensar".
Uno buscará la felicidad eterna y fracasará, a menos que la busque dentro de sí mismo, en su
corazón y en su alma, y luego comparta lo que posee sin pensar en ninguna recompensa.
Hay que oír lo que dice George Eliot: "Es sólo un tipo empobrecido de felicidad el que
podría derivarse de una preocupación muy grande por nuestros propios placeres estrechos.
Sólo podemos tener la felicidad mayor como la que acompaña a la verdadera grandeza, si
tenemos una gran consideración y muchos sentimientos hacia el resto del mundo, así como
los tenemos hacia nosotros mismos. Este tipo especial de felicidad a menudo trae consigo
tanto dolor que sólo podemos diferenciarlo del dolor porque es lo que eligiríamos sobre
todo lo demás, porque nuestras almas ven que eso es bueno"
Es bueno tener dinero y las cosas que el dinero puede comprar, pero también es bueno
ponerse una que otra vez a reflexionar para estar seguro de no haber perdido las cosas que
el dinero no puede comprar.
Hay que comunicarse con los demás. La felicidad no es sino el producto secundario de la
manera en que uno trata a sus semejantes. Ahora es el momento de ser feliz. Aquí es el lugar
para ser feliz. Hay que aprender y comenzar a vivir según las reglas que se le han entregado
a usted, reglas que se le han entregado a usted, reglas que se le presentaron con mucho
amor, y compartir su mensaje con otros que piden su apoyo. Sólo entonces aparecerá la
mariposa y se posará ligeramente en su hombro mientras suena la cajita de música. Nunca
hubo, ni habrá una mejor manera de vivir.

volver a antología
Og Mandino

 

Un Secreto de Ventas guardado durante 29 años: El Vendedor de los Huevos de Oro

¿CÓMO VENDER MÁS Y MEJOR?
¿Quiere ser el primero en enterarse?
Regístrese gratis para recibir por e-mail las
novedades de GanarOpciones.com y descargue estos

Fabulosos Libros Digitales de Regalo

Al inscribirse GRATIS recibirá de regalo los siguientes libros digitales: Resumen del libro EL SECRETO, Cómo Pulverizar Objeciones, Aumente Ventas por Teléfono, La Ley de Murphy, El Arte de la Guerra, El Libro de los Cinco Anillos, Frases que Matan de Risa

Nombre
E-mail




Su privacidad está protegida
por GanarOpciones.com 

PODEMOS AYUDARLE, LLÁMENOS:  TELÉFONO  +(1)(305) 517-7837 (USA)
Nos agradará mucho recibir su e-mail info@ganaropciones.com


¿Qué hacemos?
     Artículos      Variedades     BLOG  
ZONA de OPCIONES con Patricio Peker
 David Allen    Curso Online Negociación    Curso Online Marketing
Contáctenos
    Principal     Búsqueda     Síguenos en Twitter     Síguenos en Facebook

Campamento de Negociación In Company: Boot Camp de
Técnicas Avanzadas de Negociación Comercial con Patricio Peker



Conferencista Internacional  Keynote Speaker en Negociación y Ventas Patricio Peker
Conferencia de Ventas Conferencista internacional de Ventas y Negociación
Curso de negociación para vendedores
Negociación en ventas
Posicionamiento web
Servicio de Posicionamiento web en buscadores
Marketing Marketing en Internet
Posicionamiento en buscadores Servicio de alta y posicionamiento en buscadores
Posicionamiento en Google Servicio para posicionamiento en Google


Copyright www. Ganar Opciones.com - todos los derechos reservados acerca de, concepto, diseño, y contenido
Cómo vender más, Cursos ventas, Ejemplos de ventas, Cursos de ventas, Estrategias de ventas