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REGLA NUMERO UNO
Hay que considerar lo bueno que uno
tiene. Una vez que uno se da cuenta de lo valioso que es y de cuantas
cosas positivas tiene a su favor, las sonrisas volverán saldrá el sol,
sonará la música y uno podrá finalmente avanzar hacia la vida que Dios
le señaló... con gracia, fuerza, valor y confianza. Uno de los secretos
de la vida más importantes y siempre nuevo que tuve que aprender, con
dolor y lágrimas, es que uno no puede comenzar a dar un cambio total
en una existencia desesperadamente lastimada y derrotada ni dar un
salto para salirse de la triste rutina que su empleo y su carrera
significan, ni dejar atrás ese callejón sin salida de lo económico que
parece haberlo condenado al fracaso y a una baja autoestima, a menos
que uno aprecie las cosas buenas que ya posee. ¿Cosas buenas? ¿Se
ríe usted? ¡Vaya sonrisa triste! ¿Está tratando de decirme algo? ¿Dice
usted que tiene un cajón lleno de cuentas? ¿Que tal vez su hija mayor
se está preparando para ingresar en la universidad y que usted no
tiene ánimo par decirle que no puede ir? ¿Que se ha atrasado dos meses
en el pago de las mensualidades de su automóvil y que su empleo no
parece muy seguro que digamos? ¿Cuáles cosas buenas, piensa usted? Lo
invito a permanecer conmigo ahora, mientras le ayudo a considerar
algunas de sus cosas positivas en este preciso momento en que usted
sigue sentado allí sintiendo lástima por usted mismo. Hagamos una nueva
lista e intentemos asignar un valor monetario sólo a unas cuantas de las
cosas buenas que hay en su vida, amigo lector, para que pueda darse
cuenta de lo rico que es usted realmente y de cuántas cosas buenas
tiene en su favor, aunque haya olvidado esto en su lucha diaria por
sobrevivir. ¿Cuánto vale vivir en este gran país? Responda usted, lo
reto a que le ponga precio a eso. ¿En dónde preferiría
vivir? ¿Cuánto vale ser empleado de la buena compañía en la que trabaja
si esta mañana usted estuviera de pie en una fila de
desempleados? ¿Cuánto vale su carrera si se da cuenta de que
probablemente el 95 por ciento de la población mundial gustosamente
daría diez años de su vida, o más por tener la oportunidad que
tiene? ¿Cuanto vale su libertad? ¿Y que tal con sus seres queridos y
los que aman a usted? ¿Cuánto pediría por ellos? ¿Por los ojos?
¿Aceptaría un millón de dólares por sus ojos? ¿Y en el caso de las
manos y los pies? ¿Cinco millones? ¿Diez? Es usted realmente un
ejemplar muy preciado, ¿verdad? En el caso de una confrontación
definitiva probablemente usted no cambiaría lo que tiene en este
preciso momento por todo el oro de Fort Knox, ¿no es verdad? Y con
tantas cosas buenas a su favor, dígame, por favor, ¿por qué anda por
allí sintiéndose triste, golpeado, derrotado y rechazado? ¿Por qué? ¡Ya
basta! Hay una mejor manera de vivir para usted y empieza
hoy...
REGLA NUMERO DOS
Hoy, y todos los días,
uno debe dar más de lo que le pagan por hacer. La victoria del éxito
se habrá ganado a la mitad cuando uno aprenda el secreto de dar más de
lo que se espera en todo lo que uno hace. Hay que hacerse tan valioso
en su trabajo que más adelante uno se vuelva indispensable. Uno debe
ejercer su derecho de recorrer ese kilómetro adicional y disfrutar de
todos los beneficios que recibirá. ¡Bien se los merece! Me encanta
curiosear todas las tarjetas de felicitación de carácter humorístico que
parecen estar ocupando cada vez más espacio en los anaqueles de la
mayor parte de las tiendas donde se venden tarjetas, y probablemente
envío más de las que debería. Mi favorita de todos los tiempos fue la
tarjeta de tamaño exagerado que llevaba un borde grabado que la hacía
parecerse a un título accionario y dentro del cual estaban impresas las
palabras "Cómo hacer dinero". Al abrir la tarjeta, se leían sólo tres
palabras impresas en una tinta de color naranja brillante: ¡ PÓNGASE A
TRABAJAR! En la vida todo tiene su precio y a menos que usted, lector,
pertenezca a esa reducida élite que ha tenido todo resuelto desde la
cuna, me temo que la única forma en que puede usted pagar las cosas
que desea, necesita y con la que sueña es con la compensación que recibe
por el trabajo que desempeña. Aunque está asintiendo con la cabeza,
no parece feliz, amigo lector. ¿Está luchando por ganarle la delantera
a las cuentas? ¿No está progresando ni creciendo mucho en ese empleo
en el cual ya lleva demasiado tiempo sin lograr ningún avance? ¿Le
gustaría adquirir una casa nueva pero no le alcanza? ¿Lo mismo con la
carcacha que tiene por automóvil? La vida de usted parece estar
empantanada; ¿cómo salir del atolladero? Hay una respuesta, una
solución, una regla, y apuesto que nunca le ha fallado a quienes la
han aplicado realmente. En lo tocante a mejorar el ámbito profesional
de su vida, amigo lector, el mayor secreto del éxito nos fue entregado
desde la cima de una montaña, hace aproximadamente dos mil años,
cuando Jesucristo nos dijo que cuando nos viéramos obligados a
recorrer un kilómetro con alguien, deberíamos recorrer el doble siempre.
El Kilómetro adicional. Si, a partir de mañana, se propone usted
aportar más en su trabajo de lo que le pagan por hacer, comenzarán a
ocurrir milagros en su vida. No importa a qué se dedique usted para
ganarse la vida, sea que venda productos, pinte casas, maneje
computadoras o barra pisos - sí cada día hace más de los que le pagan
por hacer, en poco tiempo su patrón de vida cambiará para
mejorar. La manera más segura de condenarse uno mismo a una vida de
fracaso y lágrimas consiste en hacer únicamente el trabajo por el que
le pagan. Claro que aportar más de lo que se espera que uno dé no hará
que uno sea muy popular con algunos de sus compañeros de trabajo que
parecen dedicados a hacer lo menos posible por lo que les pagan... pero
ése es su problema, no el de uno. Usted, lector, viva su vida. Hay
personas que dependen de usted. Cuando usted da más de lo que le pagan
por dar, cada día, no sólo se promueve usted mismo, sino que, al ser
indispensable, descubrirá, para su sorpresa, que a todo su alrededor
hay nuevas oportunidades, y más adelante podrá asignarse su propio
precio. Es una regla muy sencilla. ¡Recorra otro kilómetro! No le
costará ni un centavo y, sin embargo, es una regla tan poderosa que,
cuando la siga, su vida cambiará para siempre. Andrew Carnegie dijo que
había dos tipos de personas que nunca lograban mucho en la vida. Una
es la persona que no quiere hacer lo que le dicen que haga, y la otra es
la persona que sólo hace lo que le dicen que haga. Y cuando se le
preguntó a Walter Chrysler qué era lo que más necesitaba su planta,
repuso: - Diez buenos hombres que no estén atentos al silbatazo ni se
la pasen pendientes de la hora en la carátula del reloj. Hay que
sorprender a todos. Cambie sus hábitos de trabajo. ¡Recorra ese kilómetro
adicional! Esto no significa que sacrifique a su familia ni su salud
en una compulsión insana por el éxito, pero es un método maravilloso
para que usted extraiga todo lo que la vida puede ofrecer y todo lo
que usted se merece. Hay que trabajar como si uno fuera a vivir
eternamente, y vivir como si uno fuera a morirse hoy mismo. ¡ Recorra
otro kilómetro!
REGLA NUMERO TRES
Cada vez que se
cometa un error o se haya sido abatido por la vida, no hay que
quedarse demasiado tiempo pensando en ello. Los errores son la forma
en que la vida le enseña a uno. La capacidad de cometer errores
ocasionalmente es inseparable de la capacidad de lograr las propias
metas. Nadie gana de todas, todos, y las fallas que se tienen, cuando
ocurren, son simplemente parte del propio crecimiento. Hay que
sacudirse los errores. ¿Cómo podría uno conocer sus límites sin una
falla ocasional? Nunca hay que rendirse. Ya llegará el turno de
uno. A lo largo de los siglos ha resonado una de las grandes verdades
menos entendida y, sin embargo, sólo los sabios toman en cuenta su
consejo. Si se quiere tener éxito, hay que aprender a vivir con el
fracaso. El fracaso nos proporciona más sabiduría que el éxito. Si
usted me muestra una persona que nunca ha tropezado, que nunca ha
tenido dificultades en su empleo y nunca ha cometido un error, yo le
mostraré que es una persona con un futuro muy sombrío. Los errores,
los desaciertos, las derrotas, son inevitables en esta vida rudimentaria
pero efectiva; sin embargo, si dejamos que eso nos vuelva miedosos, de
tal manera que cuando nos abaten dudamos en volver a intentarlo, nos
estamos condenando a una vida de arrepentimiento. Las mejores
lecciones que podemos llegar a aprender provienen de nuestros errores
y fracasos. Derrota. ¿Qué es eso? Nada más, un poco de educación, nada
más el primer paso hacia algo mejor. Las únicas personas que nunca
fracasan son quienes nunca, pero nunca, intentan. En una ocasión, Mark
Twain contó la historia de un gato que un día saltó para subirse a una
estufa caliente y se quemó la panza. Ese gato nunca más volvió a
saltar para subirse a una estufa caliente - pero ese mismo gato ¡nunca
saltó para subirse a una estufa fría, tampoco! Con mucha frecuencia,
se sobrestima el valor de la experiencia... y eso puede ser muy dañino
si impide que uno vuelva a intentar algo después de haberse lastimado. Hay
un antiguo proverbio escandinavo que es una maravilla: "El viento del
norte hizo al los vikingos". El viento del norte puede hacer
maravillas por usted también, amigo lector. Hay que recordar que hasta
las vidas de más éxito contienen capítulos de fracaso, exactamente
como ocurre en toda buena novela, pero la forma en que termine el libro
depende de nosotros. Somos los autores de nuestros años, y nuestros
fracasos y derrotas sólo son pasos hacia algo mejor. Allá por 1974,
cuando Hank Aaron estaba a punto de alcanzar la marca del mayor número
de cuadrangulares de todos los tiempos, impuesta por Babe Ruth, una
mañana llamé por teléfono a su club de béisbol, los Bravos de Atlanta.
Finalmente me comunicaron con su departamento de relaciones públicas,
y planteé mi pregunta: - Sé que Hank lleva setecientos diez
cuadrangulares y que sólo necesita cinco más para romper la marca de
Ruth, pero me surgió una duda, ¿cuántas abanicadas lleva en su
carrera? -¿Abanicadas, dice usted? - me preguntó titubeante al joven
que estaba al teléfono. - Sí, ¿cuántas abanicadas? - Discúlpeme,
pero tendrá que aguardar mientras averiguo ese dato, señor. Así lo hizo
y pasaron varios minutos antes de que regresara al teléfono. - Señor
Mandino, hasta anoche, Hank llevaba setecientos diez cuadrangulares y,
como usted sabe, sólo necesita cinco más para romper la marca del
mayor número de cuadrangulares de todos los tiempos, impuesta por Babe
Ruth... - Sí, ya sé... -...y ...en todos su carrera, lleva mil
doscientos sesenta y dos abanicadas. Le di las gracias, colgué y luego
me quedé sentado sopesando la cifra que acababa de oír. Qué gran
ejemplo para usarlo en el futuro cada vez que tratara de precisar la idea
de no dejar nunca que los fracasos pasados impidan que uno vuelva a
intentar. Allí estaba el mejor bateador de cuadrangulares que haya
habido... e incluso él, incluso Hank Aaron, ¡tuvo que abanicar casi
dos veces por cada batazo que sacaba la pelota del parque! es cierto que
la vida es un juego con reglas que deben seguirse para triunfar, pero
uno no tiene que batear de cuadrangular cada vez que es su turno al
bat para tener éxito en este mundo. Pregúntele a Hank, amigo
lector.
REGLA NUMERO CUATRO
Uno debe premiar
siempre sus largas horas de trabajo y afán de la mejor manera, rodeado
de su familia. Hay que alimentar su amor con todo cuidado y recordar
que los hijos necesitan modelos, no críticas, y el propio progreso se
intensificará cuando uno se esfuerce constantemente por presentar el
mejor aspecto de uno mismo a los hijos. e incluso si uno ha fallado en
todo lo demás a los ojos del mundo, si se tiene una familia que lo
ame, uno es un triunfador. Frecuentemente se me pregunta sobre mis
hijos, actualmente mayores de edad, y cómo los educamos, como si,
debido a los libros que he escrito, debiéramos tener una fórmula mágica
especial con la garantía de lograr el éxito en todo... incluso en la
formación de ciudadanos del mañana brillantes, bien adaptados y
felices. Sin olvidar jamás que el "otro Og Mandino" de hace muchos
años perdió a su primera familia por su desconsideración y negligencia,
actualmente siempre doy la misma respuesta... Lo mejor que podemos
hacer por nuestros hijos es dedicarnos conscientemente a ser modelos
de comportamiento para ellos. si uno les enseña una manera y luego actúa
de manera contraria a sus palabras, pierde a sus hijos. Aparte de
guiarlos con el ejemplo, no es mucho lo que podemos hacer por ellos
excepto estar cerca para levantarlos cuando se caigan. No es demasiado
pedir ¿verdad? En la pared frente al escritorio hay un breve poema
escrito en caligrafía sobre pergamino blanco y enmarcado. Debajo de
las palabras "Autor desconocido". Pegué, inmediatamente después de que
nació, una pequeña foto de Matt. Tal vez el lector querría doblar esta
página par volverla a leer en otras ocasiones. Para cualquier padre
que tenga un hijo pequeño Son ojitos dirigidos a ti que te observan
noche y día, son orejitas que captan rápidamente todo lo que
dices, son manitas ansiosas por hacer todo lo que haces, y es un
niñito que sueña con el día en que se parecerá a ti. Eres el ídolo del
muchachito, el mayor de los sabios, en su pequeña mente nunca surge la
menor sospecha sobre ti, cree en ti con devoción, sostiene que todo lo
que dices y haces, él lo hará y lo dirá a tu manera, cuando
crezca, al igual que tú, nada más. Es un muchachito de grandes
ojos que crees que siempre tienes razón, y sus oídos están siempre
atentos y te observa noche y día. Cada día, en todo lo que
haces, sirves de ejemplo para el niñito que espera con ansias
crecer para parecerse a ti. Hace varios años, justo antes de
emprender un largo viaje para hacer promoción de uno de mis libros,
había vivido la terrible agonía de ayudar a nuestro hijo menor a empacar
sus cosas antes de ponerme afuera de la puerta principal, con su
madre, y despedirlo cuando se fue en su automóvil a iniciar su propia
vida en una residencia estudiantil de la Universidad Estatal de
Arizona. Después de que se marchó, recuerdo que caminé por el pasillo y
me senté en su cuarto, a oscuras, orando porque Bette y yo hubiéramos
proporcionado a Matt y a Dana, nuestro hijo mayor, la orientación que
necesitarían para enfrentar las múltiples adversidades de la vida con
que seguramente se toparían. Mi viaje de promoción iba bien hasta una
ocasión en que participé en un programa matutino de charlas de una
radiodifusora de Los Ángeles. en este programa en vivo participaba
también una novelista muy famosa cuyo nombre me reservo. De alguna
manera, la conversación había derivado al tema de nuestras familia, y
de nuestros hijos en particular. Rápidamente, la novelista se apoderó
del micrófono y comenzó una larga perorata desagradable en contra de
sus dos hijos adolescentes. Admitió que no podía manejarlos, que con
el padre no se podía contar porque nunca estaba en casa y que estos
muchachos la estaban volviendo loca. Nunca llegaban a tiempo a comer,
sus cuartos siempre eran un desorden y siempre ponían sus aparatos de
sonido a un volumen tan alto, y en diferentes estaciones, por
supuesto, que el ruido también la estaba volviendo loca. Después de oír
tal vez unas doce veces esa fea expresión de "volverse loca", mientras
que esta célebre autora rebajaba a su hijos ante un auditorio bastante
grande, finalmente me exasperé y la interrumpí. No puede evitarlo -
Sabe usted - le dije -, va a llegar el día en que esté usted caminando por
el pasillo de su casa y pase dos cuartos muy vacíos y silenciosos... y
entonces se preguntará "¿A dónde se fueron?" ¿Por qué no se va a su
casa, en cuanto termine este programa, abraza a sus hijos y
simplemente les dice que los ama?
REGLA NUMERO
CINCO
Hay que levantar este día sobre una base de pensamientos
agradables. Uno no debe preocuparse nunca por ninguna imperfección que
uno tema que pueda impedir su progreso. Hay que recordar, tan seguido
como sea necesario que uno es hijo de Dios y que tiene el poder de
alcanzar cualquier sueño si eleva sus pensamientos. Es posible velar
cuando uno decide que puede hacerlo. No hay que volver a considerarse
derrotado. Hay que dejar que lo que el corazón ambiciona sea el
proyecto de la propia vida. ¡Hay que sonreír! Desde el principio de
los tiempos, los hombres sabios nos han estado diciendo que todo lo
que logramos, o no logramos, es consecuencia directa de lo que
esperamos de nuestras capacidades, nuestro valor y nuestro
potencial. James Allen nos dijo que los pensamientos dan buenos frutos
y los malos pensamientos dan malos frutos. Marco Aurelio, ese sabio
emperador y filósofo de la antigua Roma, nos dijo que nuestra vida es
lo que de ella hacen nuestros pensamientos. Buena o mala. Desdichada o
feliz. Triunfante o desesperada. Buda lo dijo de una manera todavía
más enérgica: ‘Todo lo que conocemos es consecuencia de lo que hemos
pensado. La mente es todo. Nos convertiremos en lo que pensamos. No
importa como se quiera llamarlo, los pensamientos positivos son
productivos, los pensamientos negativos estorban y destruyen. Si
uno les cree a esos hombres tan sabios, sabe que si uno se humilla a sí
mismo y menosprecia su talento, está condenado al fracaso. Cuando uno
menosprecia su capacidad, sus antecedentes o sus conocimientos, al
poco tiempo el mundo estará de acuerdo con esa evaluación y enfrentará
un triste futuro que no se merece. ¡Basta! Ya no más actitudes
negativas en la manera de pensar o de actuar. Escúcheme bien, amigo
lector. ¡Usted simplemente no sabe lo bueno que es! Sí, usted, el que
está sentado allí compadeciéndose... se parece usted mucho a un pato
que tenemos en nuestro patio. Cuando Matt estaba apenas en secundaria,
una tarde regreso a casa cargando una caja de zapatos con agujeros en
la tapa. Lo que más me temía resulto ser cierto cuando removió la
tapa. En su interior había un patito amarillo vivaracho y ruidoso. En
la clase de biología, mi hijo y sus condiscípulos habían incubado el
huevo y cuando el patito rompió el cascarón, lo cuidaron y alimentaron
durante varias semanas, luego lo rifaron y mi hijo se ganó el pato -
que, coincidimos Bette y yo, era precisamente lo que
necesitábamos. Un padre reacio y un hijo impaciente fueron a la
maderería y compraron unos tablones y, allá en una esquina de nuestro
patio cercado, Matt construyó para el pato una bonita casa que pintó
de blanco. Luego, sobre el arco de la entrada, escribió a mano, en color
rojo DISCO. ¡El pato se llamaba Disco! A continuación, en la
ferretería compramos un rollo de alambre de gallinero de medio metro
de ancho y armamos una especie de corral alrededor de la caseta para
que el nuevo miembro de nuestra familia no anduviera vagando por allí y se
perdiera. Actualmente Disco lleva más de doce años con nosotros. Al
crecer se convirtió en un ejemplar muy grande y hermoso y, por
supuesto, como ahora Matt está casado y vive en otra parte, estoy
seguro de que el lector ya se imaginará quién se encarga de cuidar y
alimentar al animal. Uno de los errores que cometimos, dentro de
todo este asunto de Disco, fue construir su pequeña residencia y patio
de juegos precisamente afuera de nuestra recámara. Últimamente, Disco
se ha estado despertando antes de la salida del sol, comienza a graznar y
no para, excepto unas cuantas veces, durante todo el santo día. ¡Y
vaya que grazna fuerte! como antes nunca había actuado así, excepto
para ahuyentar al gato del vecino, tanto Bette como yo concluimos que
algo está molestándolo verdaderamente. El caso es que ya no es feliz.
Puede ser que la comida que le estoy dando no le guste, o quizá no le
cambio con la suficiente frecuencia el agua de su pequeño chapoteador,
o tal vez esté húmeda la paja de su caseta y haya que cambiarla o
quitarla. ¿Quién sabe? He intentado todo para hacer que se sienta
seguro y contento de nuevo, pero sigue graznando áspera y
continuamente. Como puede ver, amigo lector, Disco sí tiene un
problema, y le apuesto que es el mimo que tiene usted. ¡Sí usted! Ni
Disco ni usted tienen un sentido adecuado de su propia valía Disco no
tiene la menor idea de que, si no está contento con las condiciones que
hay en su vida, puede hacer más que sólo sentir lástima de sí mismo;
tiene el poder de cambiar esas condiciones en vez de quejarse de ellas
nada más. Si realmente Disco quiere cambiar las condiciones de su vida,
puede hacerlo en el momento que lo decida. Es sencillo. Todo lo que
tiene que hacer es levantar sus bellas alas, moverlas de arriba hacia
abajo... e irse. Pero ya ve usted, el pobre Disco no sabe lo bueno que es.
No sabe que puede volar... ¡y usted tampoco!
REGLA
NUMERO SEIS
Siempre hay que dejar que las propias acciones
hablen por uno, aunque todo el tiempo hay que estar en guardia contra
las terribles trampas del falso orgullo y la vanidad que pueden
detener el propio avance. La próxima vez que uno se sienta tentado a
vanagloriarse, tendría primero que meter la mano en una cubeta llena
de agua y, cuando la saque, el agujero que queda hará que uno se dé
una idea correcta de la medida de su importancia. A ninguno de nosotros
nos decepciona más otra persona de lo que nos decepcionamos de
nosotros mismos. Un obstáculo peligroso para nuestro progreso continuo
es la terrible pantalla de orgullo complaciente que es responsable de
cegar nuestro avance una vez que hemos experimentado un poco de éxito.
Es cierto, es posible que hayamos trabajado muy duro y hayamos
dedicado todos nuestros talentos y esfuerzos en avanzar, y esa es
realmente la razón por la cual usted y yo estamos juntos; sin embargo,
es fácil caer en la trampa de creer, después de unas cuantas
victorias, que uno posee algunas cualidades especiales y únicas, y
cuando uno refleja esa actitud en su comportamiento con los demás, eso
puede dañar seriamente su progreso. De hecho, nada puede lastimarlo
más a uno que la arrogancia y el orgullo que piden que alguien les
ponga un alto. Todos somos hijos de Dios, pero si tan sólo pudiéramos
ver qué tan poco hueco dejaría nuestra muerte en este mundo,
dejaríamos de tomar tan en cuenta el espacio que ocupamos y
pensaríamos más en ayudar a los demás. Constantemente estoy librando mi
batalla personal contra la tentación del falso orgullo. Cuando uno
escribe un nuevo libro cada dos años, como yo, y luego recorre todo el
país para promocionarlo en la prensa, la radio y la televisión, por no
mencionar la serie de discursos de inauguración que pronuncio al año,
es fácil caer en la trampa de comenzar a creer todas las cosas buenas
que se dicen y se escriben en los medios de comunicación - por no
mencionar todas las atenciones, las limosinas con chofer y las fiestas par
firmar autógrafos con lo cual se le malacostumbra a uno. Nunca
olvidaré el día en que Dios decidió reducirme considerablemente la opinión
de mí mismo, algo que indudablemente me merecía en ese tiempo. Estaba
en mi habitación del hotel en espera de que llamaran a la puerta como
señal de que era el momento para que hiciera mi aparición en el salón
de baile allá abajo, donde iba a pronunciar el discurso de
inauguración de una gran convención nacional de varios miles. Cuando
llegó por fin el mensajero de la compañía, un hombre de edad, me puse
el saco y lo seguí por el pasillo hacia el elevador. Había mucho
ruido y gente en el vestíbulo y no habíamos avanzados mucho cuando sentí
que alguien me tocaba con decisión el hombro y me volví par ver a un
hombre joven con ojos de asombro, con un distintivo con el nombre de
su compañía pegado al bolsillo de su saco, que aferraba una bolsa de
papel y me apuntaba a la cara con el dedo. -¿Es usted Og Mandino? - me
preguntó sin aliento. Asentí con la cabeza y seguí caminando. -¿Me
concede un minuto, señor? preguntó el joven mientras se desplazaba hacia
una mesita junto a una ventana, lejos del movimiento de la gente.
Interrogué con la mirada a mi guía ceñudo, quien finalmente asintió
moviendo la cabeza con cierta reticencia. - Señor - me espetó el joven
mientras colocaba la bolsa de papel sobre la mesa -, quiero que sepa
que mi esposa es una fanática de Og Mandino. Le juro que se ha leído todo
lo que usted ha escrito. Como en maestra en el pequeño pueblo donde
vivimos, no hubo manera de que pudiera venir conmigo y se quedó muy
afligida Tenía tantas ganas de escucharlo a usted. -¡Que pena! -
Pues bien, señor, pensé que debía hacer algo especial por Louise, y creo
que estuve en todas las librería que hay en un radio de ochenta
kilómetros alrededor de nuestro pueblo y me las ingenié para conseguir
cinco de sus libros en edición empastada. Por favor... se lo
suplico... ¿me haría usted el gran honor de autografiar estos libros
para mi esposa? Se los quiero dar como regalo de cumpleaños, el jueves
próximo. - Con todo gusto - le dije, saqué la pluma del bolsillo
interior de mi saco y escribí en los cinco libros, la siguiente
dedicatoria: Para Louise, con afecto: Feliz Cumpleaños, Og
Mandino. Cuando hube terminado, el joven volvió a meter
cuidadosamente todos los libros en su bolsa de papel, me dio un abrazo
nervioso y apresurado, me dio las gracias y se alejó... y a mí se me
olvidó mantener la boca cerrada, pero qué bueno que se me haya
olvidado. Ya se había alejado unos tres metros, cuando dirigiéndome a
él le grité: - Dígame, ¿esto va a ser una sorpresa para Louise? Se
volvió y con una tímida sonrisa de oreja a oreja, me repuso
gritando: -¡Por supuesto que sí, señor, ella está esperando un nuevo
Toyota Corolla!
REGLA NUMERO SIETE
Cada día es un
don especial de Dios, y si bien es posible que la vida no siempre sea
justa, uno no debe dejar nunca que las penas, las dificultades y
las desventajas del momento envenenen la actitud y los planes que uno
tiene para sí mismo y su futuro. No se puede ganar si se lleva puesta
la fea capa de la autocompasión con toda seguridad ahuyentará
cualquier oportunidad de éxito. Nunca más. Hay una mejor manera. La
vida no es justa... y probablemente nunca será así. Habrá ocasiones en que
uno hace la mayor parte del trabajo y, sin embargo otro se lleva el
crédito. Es posible que uno trabaje el doble de lo que trabaja su
vecino, y uno se sabe el doble de listo... y sin embargo, uno sólo
gana la mitad de lo que gana el otro. Hay muchas ocasiones en que
la vida nos reparte una mala mano. ¿Cómo juega uno esas malas manos
cuando le toca una? ¿Se aferra, se niega a rendirse, aunque no se tenga la
garantía de lograr el triunfo... o se lamenta y se compadece de sí
mismo porque uno está seguro de que sus dificultades y problemas son
mucho más terribles que las desgracias de cualquiera otra persona?
¡Pobre nene! Hace casi dos décadas, recibí una pequeña tarjeta amarilla
con un poema escrito con tinta verde, de parte de Wilton Hall, quien
publicaba Quote Magazine en Anderson, Carolina del Sur. El poema ha
tenido un sitio especial en mi vida a lo largo de todos estos años.
Durante mis discursos, no solo lo comparto con todos mis públicos,
sino que lo mantengo a mano para mi propio bienestar. Cuando las cosas
no están yendo muy de acuerdo con la forma en que las planeé, o los
días comienzan con el pie izquierdo, o empiezo a irritarme un poco con
los demás y tal vez a sentir lástima de mí mismo, saco mi poema, lo
leo y luego prosigo con mi vida, agradecido y sólo hago una pausa
suficientemente larga para volver la vista a los cielos y decir:
¡Gracias! Sí, recárguese en el sillón, amigo lector, y permítame que le
dé el gastado original. Es un tesoro, y le apuesto que también usted,
al igual que yo, lo releerá con frecuencia en el futuro y lo
compartirá igualmente con sus amigos. ¡Señor, perdóname cuando me
lamento! Hoy, en el autobús, vi a una bella muchacha de cabello rubio,
la envidié... parecía tan alegre... y deseé ser así de bonita. De
pronto, cuando se puso de pie par irse, la vi cojear por el pasillo.
Tenía una sola pierna y usaba muleta; sin embargo, al pasar... ¡qué
sonrisa! ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento! Tengo dos piernas.
¡El mundo es mío! Me detuve a comprar unos dulces. El muchacho que los
vendía era tan encantador. Conversé con él. Se veía tan contento. Si
me retrasaba no habría problema. y cuando me iba, me dijo: "Se lo
agradezco, ha sido usted muy amable. Es grato conversar con gente como
usted. Sabe - dijo -. soy ciego". ¡Oh, Dios, perdóname cuando me
lamento! Tengo dos ojos. El mundo es mío. Después al ir caminado
por la calle, vi a un niño con los ojos de cielo. Estaba de pie y
observaba a otros niños que jugaban. Parecía indeciso. Me detuve un
momento y le dije: "¿Por qué no vas a jugar con ellos, primor?" Siguió
viendo hacia enfrente sin decir nada y entonces me di cuenta de que no
podía oír. ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento! Tengo dos oídos. El
mundo es mío. Con pies que me lleven a donde quiero ir, con ojos para
ver los colores del atardecer, con oídos par escuchar lo que quiera
saber... ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento. En realidad soy una
afortunada. El mundo es mío Autora Anónima
REGLA NUMERO
OCHO
Uno nunca debe llenar sus días ni sus noches con tantas
nimiedades y cosas insignificantes como para no tener tiempo de
aceptar un verdadero reto cuando éste se presente. Esto es válido
tanto para el juego como para el trabajo. Un día meramente sobrevivido
no es ocasión de festejo. Uno no está aquí para desperdiciar sus
preciosas horas, Cuando tiene la capacidad de lograr tanto si hace una
pequeña modificación en su rutina. Ya no hay que ocuparse en
nimiedades. Ya no hay que volverle la cara al éxito. Hay que darse
tiempo y espacio para crecer. Ahora, ¡Ahora mismo! ¡No mañana! Es
posible que usted, lector, conozca a este tipo de persona. Tal vez hasta
sea usted así. Si es así, me da gusto que haya acudido a mí. Esa
persona está siempre ocupada, siempre tiene más proyectos, reuniones y
diligencias de los que se pueden manejar, y siempre está en una loca
carrera de un lado a otro en un intento - intento, nada más - por
adelantarse a los acontecimientos. Lo que este tipo de gente hace
constituye un esfuerzo, inconsciente pero muy eficaz, para evitar el
éxito. Claro que están ocupadas - en cualquiera de esas faenas y
tareas insignificantes que pueden encontrar para hacer, de tal manera
que si alguna vez se les presenta un verdadero reto, algo que en
verdad pudieras significar mucho para sus vidas y su bienestar, les es
muy fácil responder siempre que lo lamentan pero están demasiado
ocupadas en este preciso momento y no pueden atender otra cosa. ¿Le
suena conocido? Espero que usted, amigo lector, no haya estado
esforzándose inconscientemente por fracasar manteniéndose "muy
ocupado" en cosas que de nada le servirán, aparte de que lo mantengan
en ese largo camino trillado. Si le sirve de consuelo, hay muchos que
están en esa situación. Sabe usted que se necesita tanta energía para
fracasar como la que se necesita para triunfar, y por eso es que
tenemos tanta gente activa y ocupada que no logra entender por qué no
está ocurriéndole nada en su vida. En el caso de que usted piense que
podría estar en esa categoría, tal vez está usted haciendo lo que hace
porque alguien oprimió su "interruptor de eliminación" hace años. Sí, su
"interruptor de eliminación". Hacer años iba a hacer un libro sobre
este tema, pero ésta es la primera vez que lo menciono en letras
impresas. Una vez adquirí un convertible muy costoso, y obviamente el
vendedor me persuadió de que no debía sacar ese vehículo tan caro a la
calle ni estacionarlo en ningún estacionamiento público sin instalarle
antes una alarma contra robos que inmediatamente haría sonar una
fuerte y penetrante sirena si alguien trataba de abrir por la fuerza
mi joya, conectar el encendido y llevarse el convertible. Por su
puesto que accedí. Una mañana, retrasado por una cita, entré como un
rayo a la cochera, puse la llave de encendido, la giré... pero no pasó
nada. Ni siquiera un quejido. Nada. ¿Estaría totalmente descargado el
acumulador? No era creíble. Encendí la radio. Funcionó a todo volumen.
Puse una cinta en la grabadora. Ella Fitzgerald en "Mack the Knife".
Excelente fidelidad. Encendí los limpiaparabrisas. Dos chorros de agua
saltaron desde aperturas ocultas y los limpiadores se movieron de un
lado para otro en perfecta sincronía. Frustrado y molesto, entré a toda
prisa en la casa y llamé a mi amigo el vendedor de automóviles. -
Instalamos una alarma en esa joya, ¿ verdad?, Og? -¡Y me costó
trescientos dólares! - Entonces probablemente oprimiste por accidente
el "interruptor de eliminación". -¿El "interruptor de eliminación? -
Si, es un aditamento de los sistemas de alarma contra robos más complejos.
¿No te lo explicaron cuando hicieron la instalación? Cada vez me
enfurecía más. - Con toda seguridad recordaría si alguien hubiera hablado
de poner un "interruptor de seguridad" en mi automóvil. ¿Qué es y
dónde está? - Es parte del sistema de alarma. Una vez que te bajas del
automóvil y lo cierras con llave, pones otra llave en la cerradura que
instalaron en el guardafangos y le das vueltas, ¿verdad? Ese pone en
funcionamiento la alarma, de tal manera que si alguien intenta forzar una
puerta o rompe una de las ventanas se dispara la alarma. - Así
es. - Pues bien, el "interruptor de eliminación" es un grado adicional
de protección. En algún lado del interior del automóvil, generalmente
abajo del tablero o debajo de la alfombra, se instaló otro pequeño
interruptor. Si antes de salir del automóvil lo oprimes y luego cierras
con llave y pones a funcionar la alarma, estás verdaderamente
protegido contra el robo. Incluso si alguien logra abrirlo y es lo
suficientemente tonto como para intentar ponerlo en marcha mientras la
alarma está sonando, no lo logrará porque una vez que oprimiste el
"interruptor de eliminación", se corta toda corriente del acumulador
al arranque. El automóvil no puede moverse. Regresé a la cochera,
pero no pude localizar mi "interruptor de eliminación", y en menos de
una hora, el vendedor estaba en mi casa. Por supuesto que lo encontró
casi inmediatamente, debajo de la alfombra delantera del lado del
conductor. Sí, el interruptor estaba oprimido. Probablemente lo había
hecho yo con el pie, por accidente, pero no pude seguir molesto, no
conmigo mismo, ya que el incidente me proporcionó una invaluable
analogía que se relacionaba con muchos seres humanos que conocía y me
ha sido de gran valor cuando trato de convencer a alguien de que está
desperdiciando mucho tiempo en un trabajo en el que se "ocupa" mucho
pero sin consecuencia para su vida. Como puede usted ver, realmente mi
automóvil actuó de manera bastante normal cuando di vuelta la llave de
encendido. Se encendieron las luces, funcionó la radio, los
limpiaparabrisas se movieron de un lado a otro. Un automóvil muy pero
muy ocupado. Como mucha gente que conozco. Sólo hubo un problema. Esa
máquina no pudo moverse ni siquiera un centímetro hacia adelante a
pesar de toda su actividad, porque yo había oprimido sin darme cuenta
su "interruptor de eliminación". Todos tenemos nuestros propios
"interruptores de eliminación" . Tal vez cuando éramos pequeños,
alguien, incluso uno de los padres u otro adulto a quien respetábamos, o
el cónyuge cuando ya éramos mayores, nos haya dicho un día, en un
arranque de ira, que nunca valdríamos gran cosa. ¡Zas! ¡Eso bastó! Sin
darse cuenta y sin pensarlo, oprimieron nuestro interruptor, y nos
hemos pasado todos estos años trabajando muy duro con el fin de que su
profecía se cumpliera, sin comprender siquiera la motivación de nuestras
acciones. Claro que estamos "ocupados", pero al igual que mi
convertible, no vamos a ninguna parte. Y no entendemos por qué. ¡Qué
lástima! Hay que agacharse a desconectar ese "interruptor de
eliminación ahora que usted, amigo lector, sabe que tiene uno. Ya no
hay que "ocuparse" en cosas sin importancia. Hay que dejar de
ocultarse detrás de todas esas tareas intranscendentes. Hay una mejor
forma de vivir.
REGLA NUMERO NUEVE
Hay que
vivir este día como si fuera el último de su vida. Hay que recordar
que sólo se encontrará la expresión "mañana" en el calendario de los
tontos. Hay que olvidar las derrotas del ayer y no tomar en cuenta los
problemas del mañana. Eso es todo. El día del Juicio Final. Es todo lo
que se tiene. Uno debe hacer de este día el mejor de su año. Las
palabras más tristes que uno podría pronunciar son: "Si pudiera volver
a vivir mi vida..." Hay que tomar la batuta ahora. ¡Y dirigir con
ella! ¡Este es su día! La mayoría de los fracasados actúan siempre como
si les quedaran mil años de vida. ¿Por qué? Sencillamente porque no
tienen la menor confianza de poder manejar los retos de la actualidad.
¿Y cómo evitan el tener alguna vez que poner a prueba su potencial? De
cien manera diferentes. Algunos beben demasiado o se dedican en exceso
a festejar. Muchos duermen dos o tres horas más de las que necesitan
cada noche. Otros se pasan las horas resolviendo crucigramas o armando
rompecabezas, o echados frente al televisor. "No hay que preocuparse -
siempre le aseguran a uno -. Todo se resolverá... mañana". ¿Mañana?
Llevo muchos años en este mundo y en todo ese tiempo he visto miles de
calendarios, pero nunca... nunca he visto uno con un "mañana" en
él. No hay que tratar el tiempo como si uno tuviera de eso un surtido
interminable. Uno no tiene ningún contrato con la vida. Si el ayer es
ya un cheque cancelado, el mañana es sólo un pagaré. Todo lo que uno
tiene en efectivo es el hoy, y si uno no lo gasta prudentemente, la
culpa es solo de uno. El Padre Tiempo no hace viajes redondos en
beneficio nuestro. Ninguno de nosotros ha aprendido mucho a menos que
aprenda a dar a cada día el trato de una vida separada. Los millones
de personas afortunadas que se han salvado mediante Alcohólicos
Anónimos conocen muy bien el poder de la expresión "un día a la vez". En
una ocasión, Robert Louis Stevenson escribió: "Cualquiera puede llevar
su carga, no importa qué tan pesada sea, hasta el anochecer.
Cualquiera puede hacer su trabajo, no importa que tan difícil sea,
durante el día. Cualquiera puede vivir una vida dulce, paciente, amorosa y
pura hasta la puesta del sol. Y esto es todo lo que la vida significa
realmente". Independientemente de lo difícil que sea, uno puede manejar
la carga de este día, una tarea a la vez, y avanzar en dirección a sus
metas. Sólo cuando uno se pasa horas innumerables y plañideras
rememorando sus errores pasados, o preocupándose de las cosas terribles
que podrían suceder mañana, es cuando uno deja de escurrir este día
precioso, que es todo lo que uno tiene. Hoy es su día, el único día
de que dispone, el día en que puede mostrar al mundo que puede hacer
una contribución significativa. Tal vez nunca logre entender cuál puede
ser el significado de su papel en ese gran todo que es la vida, pero
usted sigue estando aquí para desempeñarlo, y ahora es el momento. No
importa que tan llenas están las horas, hay que recordar que sólo
pueden entrar en la vida de uno en forma de un momento a la vez,
únicamente. Usted puede manejar cualquier momento, no importa qué tan
difícil sea, cuando le llega en fila india. Cuando uno concluye su
día, debe darlo por concluido. Nunca debe llevar parte de la carga al
día siguiente. Uno hizo lo mejor que pudo y si en ello hubo algunos
desaciertos y errores, hay que olvidarlos. Hay que vivir ese día, y
todos los días, como si todo fuera a terminar con la puesta del sol, y
cuando ponga la cabeza en la almohada, debe descansar con la seguridad
de haber hecho lo mejor que pudo.
REGLA NUMERO
DIEZ
A partir de hoy, uno debe tratar a todas las personas que
encuentre, sean amigas o enemigas, conocidas o extrañas, como si
fueran a morirse a medianoche. No importa qué tan trivial sea el
contacto, Hay que brindar a cada persona toda la atención, amabilidad
comprensión y afecto que uno pueda mostrar, y hay que hacerlo sin
pensar en ninguna recompensa. Su vida nunca volverá a ser igual. Al
igual que las reglas de cualquier juego, todas las reglas de la vida se
relacionan entre sí. Cuando se siguen las indicaciones de una regla,
ésta lo llevará a la siguiente y así sucesivamente, pero ahora uno
está comenzando a jugar el juego de la vida como debe jugarse. Vivir
cada día como si fuera el único que uno va a tener es, de hecho, uno de
los principios supremos para una existencia dichosa y con éxito. Sin
embargo, he aquí una regla asociada que es exactamente igual de
poderosa y productiva pero que, a diferencia de la otra, muy poca
gente la conoce. Mientras se vive cada día como si fuera el único que
se va a tener, hay que comenzar a tratar a todos los que encuentre -
su familia, vecinos, compañeros de trabajo, los desconocidos, los
clientes, incluso los enemigos, si se tienen - como si de cada una de esas
personas se conociera un secreto profundo y oscuro: ¡que todos están
viviendo también su último día en este mundo y morirán a media
noche! Ahora bien, amigo lector, ¿cómo se imagina que trataría a todos
los que encuentre el día de hoy si supiera que se van a ir para
siempre cuando acabe el día? Usted lo sabe. Con más consideración,
atención, ternura y afecto de lo que nunca antes les haya brindado. ¿Y
cómo se imagina que reaccionará ante su amabilidad? Por supuesto. Con
más consideración, amabilidad, cooperación y afecto de lo que usted
haya recibido de otras personas en el pasado. Siga haciendo lo mismo,
día tras día, ¿Y cómo se imagina que será su futuro, si lo llenó con
ese tipo de amor desinteresado? Ya está sonriendo. Usted conoce la
respuesta, amigo lector. Hace años, cuando se enviaba a los autores
a un recorrido publicitario para hacer la promoción de sus libros en
la radio, la televisión y la prensa, lo hacían más por su cuenta, a
diferencia de lo que ocurre hoy en día cuando literalmente son
llevados de la mano de ciudad en ciudad y de entrevista en entrevista,
por representantes de la editorial en cada ciudad. En esos "viejos
tiempos", nuestros editores nos enviaban por correo boletos de avión más
las reservaciones de hotel y un programa de nuestras presentaciones de
cada ciudad. Era entonces responsabilidad del autor trasladarse a los
aeropuertos y hoteles y tomar taxis para ir de una entrevista a la
siguiente. Si uno tenía siete u ocho compromisos al día, lo cual no
era desusado, y las entrevistas se repartían en el tiempo y la
distancia, como ocurría en Los Ángeles, se volvía un desafío supero a
la propia resistencia y agilidad el simple hecho de llegar a tiempo de
una cita a la siguiente. Este día memorable sucedió en Nashville hace
varios años, cuando realizaba un recorrido. Un joven chofer negro me
llevó desde mi hotel hasta la estación de televisión WSM donde me iba
a presentar en The Noon Show. Como el viaje tomaba algo de tiempo,
comenzamos a conversar, y el conductor, cuyo nombre me lo aprendí, era
Raymond Bright, parecía fascinado por el hecho de que su pasajero iba
a salir en televisión. Mi programa impreso tan detallado me informaba
que este programa se transmitía en vivo, con público en el estudio, y
que tenía un formato muy similar al de The Tonight Show, incluso
contaba, con su propia banda y tal vez uno o dos cantantes. Mientras nos
aproximábamos al hermoso edificio, mi taxista dejo en voz
alta: -¡Esa de allí es la mejor estación del Nashville! Tal vez se
debió a que la regla de tratar a los demás con afecto y atención como si
fueran a morir a medianoche, seguía estando fresca en mi mente ya que
la había mencionado extensamente en varios programas el día anterior,
el hecho es que, cuando le estaba pagando a Ray, le pregunté
impulsivamente: -¿Alguna vez ha visto como se hace un programa de
televisión? - No, señor. - Pues bien... si dispone usted de una hora
o algo así, y está bien que me cobre la espera, ¿por qué no entra
conmigo para que me vea hacer el tonto? Me miró con ojos de asombro:
-¿De veras? - Claro, y luego que termine, me puede llevar al centro, a
la librería Cokesbury, donde voy a firmar autógrafos a la una y media.
De un salto, Raymond subió de nuevo en su taxi, levantó la banderilla
amarilla de taxímetro, lo que significaba que no me estaba cobrando
nada, y volvió a salir. Dentro de la estación, le presenté mi nuevo
amigo a un sorprendido Teddy Bart, el conductor del programa y a
Elaine Ganick, la productora, quienes nos condujeron al estudio
iluminado donde la banda ya estaba afinando. Ray fue llevado a un
asiento en primera fila, y mientras yo salía a ponerme de acuerdo con
Teddy y Elaine sobre qué era lo que íbamos a conversar, el taxista
veía admirado a la banda que repasaba sus números mientras las cámaras
de televisión y los micrófonos pasaban de un lado a otro en un ensayo
final. Cuando terminó el programa, nos fuimos a toda prisa a la
librería del centro. Después de esto, le dije a Ray que me estaba
muriendo de hambre y me llevó a almorzar a lo que denominó "mi sección
de la ciudad", y aunque yo era el único blanco en ese sitio, las
hamburguesas fueron las mejores que he comido. Cuando llegó el momento
de pagar, empecé a buscar mi cartera pero un brazo fuerte me lo
impidió. Ray iba a pagar, y no había más que decir. Nada de discusión.
Me llevó a otros dos programas de radio, me esperó, me llevó de
regreso al hotel a recoger mis cosas y luego me transportó al
aeropuerto. En el camino, mientras comenzaba a dormitarme en el asiento
trasero, escuché su voz profunda: - Señor Og (para entonces me
llamaba como me habían estado llamado antes los conductores de los
programas de radio)... Señor Og, nunca voy a olvidar este día mientras
viva. - Por qué, Ray? - Porque hoy, por primera vez en mi vida,
me siento importante. En todo el camino al aeropuerto, una que otra vez
veía esos grandes ojos marrón que se me quedaban viendo por el espejo
retrovisor y lo oía repetir, una y otra vez: ¡Usted me hizo sentir
importante! En el aeropuerto, Ray saltó del taxi y llevó mis maletas al
sitio donde se registra el equipaje. Luego le pagué y se me acercó y
me abrazó - lo que sorprendió a unos cuantos mirones - mientras
gruesas lágrimas le corrían por las mejillas. - Lo amo, señor Og -
murmuró. - Y yo a usted también, Ray - repuse con voz ronca. Muerto
a media noche. Una visión que procede a una nueva forma de tratar a todos
los que uno encuentra. Realmente es fácil de hacer y lo que uno recibe
en retribución puede cambiar su vida para siempre ¡Inténtelo, amigo
lector!
REGLA NUMERO ONCE
Hay que reírse de sí
mismo y de la vida. No con el ánimo de burlarse ni de autocompasión
plañidera, sino como un remedio, como un medicamento milagroso, que le
mitigará a uno el dolor, le curará la depresión y le ayudará a poner
en perspectiva la derrota aparentemente terrible del momento. Uno debe
borrar la tensión y las preocupaciones riéndose de sus predicamentos,
con lo que liberará su mente para pensar con claridad en la solución
que seguramente llegará. Nunca hay que tomarse demasiado en
serio. Los días más desolados son aquellos en que no se ha oído el
sonido de la risa. Una buena sonrisa es un rayo de sol en cualquier
hogar, así es que no hay que dejar pase un día sin exteriorizar el
lado feliz de uno, aunque esté luchando con el caos. Cada vez que sonríe,
y más cuando ríe, se añaden momentos preciosos a la propia vida. El
hombre es la única criatura dotada con el poder de la risa, y tal vez es
la única criatura que merece que se rían de ella. Sin embargo, la
mejor de las risas es la de aquella persona que tiene suficiente
confianza en sí misma. Esto demuestra la rara capacidad de mirarse con
objetividad, y si uno puede hacer eso, todas sus preocupaciones se
encogerán. Claro que hay reglas para jugar bien este difícil juego de
la vida, pero uno no debe olvidar nunca que se sigue tratando de un
juego - un juego que nadie debe tomar jamás demasiado en serio. Si no
nos las ingeniamos para extraer un poco de gozo de este día, ¿qué caso
tiene? Reírme de mí mismo y, por supuesto, no tomarme demasiado en
serio es una regla del juego que debo seguir aprendiendo una y otra
vez. Cada vez que comienzo a actuar un tanto demasiado profesional o
pomposo o que asumo el papel del "autor famoso", Dios siempre me
preparara para otra merecida caída que me enderece... hasta la próxima
vez. Acababa de estar varios días visitando estaciones de radio y
televisión en la zona de Atlanta, y ahora me llevaban en una limosina
negra a firmar autógrafos en un centro comercial aproximadamente a dos
horas de la ciudad. Mi programa me indicaba que iba a visitar una
pequeña estación cristiana de radio donde iba a conversar en vivo con
un caballero conocido como "el Reverendo John". A su debido tiempo,
nos estacionamos frente a una casita de campo cuya pintura blanca
comenzaba a descascararse. Mi conductor se volvió y me dijo, casi en
tono de disculpa. - Esta es Señor. La radiodifusora. Antes de haber
subido el último escalón, se abrió la puerta del frente y allí estaba el
Reverendo John. Supe que era él porque llevaba un letrero bordado en
hilo rojo con ese nombre por encima del bolsillo superior de su
atuendo blanco de una pieza. -¡Bienvenido a nuestra humilde estación,
señor! - exclamó mientras me abrazaba - Es un gran
honor. Atravesamos lo que alguna vez probablemente había sido una
estancia pero ahora estaba lleno de equipos electrónicos y tableros de
discos y cintas. Pude oír salmos mientras el reverendo me conducía a
su "estudio" en la parte de atrás. - Saldremos al aire en sólo unos
cuantos minutos - dijo mi anfitrión - Siéntese allí y póngase
cómodo. El reverendo John señalaba con un gesto de la cabeza en
dirección a una mesa sin pintura sobre la cual se apoyaba
precariamente un micrófono, unido con varios clavos a los tableros. Me
deslicé para sentarme en la tosca banca, y me pregunté si los editores,
allá en sus elegantes oficinas de la Quinta Avenida, tenían idea de
las cosas por las que tenían que pasar los autores. Luego, para mi
gran sorpresa, el Reverendo John se acomodó a mi lado en la banca, y
de pronto comprendí que le micrófono que había sobre la mesa era el único
y que íbamos a compartirlo. Vaya cambio después de pasarme días entre
el brillo y el cristal de las radiodifusoras de Atlanta. Sin embargo,
me dije a mí mismo que podía soportar cualquier cosa durante treinta
minutos. En ese viaje estaba promocionando Operación Jesucristo, y a
diferencia de tantos entrevistadores, que nunca leen el libro de uno
antes de la entrevista, el Reverendo John no sólo lo había leído, sino
que había preparado una larga lista de preguntas muy perceptivas, en
un cuaderno de notas, a la cual constantemente se refirió una vez que
estuvimos en el aire. Realmente estaba disfrutando nuestra
conversación cuando, aproximadamente a la mitad de la entrevista, sonó
con fuerza el timbre de un teléfono que había en el otro cuarto. Por
supuesto que este "estudio" no estaba insonorizado, como lo está la
mayor parte, así es que el fuerte ruido del teléfono, que llegó a
mitad de mi respuesta a una de sus preguntas, me descontroló
completamente y casi pierdo el hilo de mis pensamientos mientras trataba
de recobrar la compostura. El maldito teléfono siguió sonando y
sonando. Finalmente, un molesto Reverendo John echó un vistazo a su
cuaderno de notas, me hizo la pregunta siguiente de su lista y luego, ante
mis horrorizados ojos, se volvió, pasó las piernas por encima de la
banca, se puso de pie y desapareció en el otro cuarto, me imagino que
para atender el teléfono. Heme aquí ahora respondiendo ante una banca
vacía - y un micrófono funcionando - y hable... muy... muy despacio,
demorándome, sin saber qué haría si completaba mi respuesta antes de que
mi amigo hubiera regresado. Finalmente, agoté el tema y el
Reverendo John no aparecía por ningún lado. Y entonces, por primera
vez en mi vida, se me ocurrió una brillante idea. Estiré el brazo y
acerqué su cuaderno de notas, lo puse frente a mí, y recorrí con el
dedo su lista de preguntas, encontré la que seguía y dije: "Reverendo
John, me imagino que usted se ha de preguntar de dónde saqué la idea
de Operación Jesucristo. ...y durante los siguientes catorce minutos,
!me entrevisté yo sólo! Finalmente, sentí que alguien me tocaba el
hombro. Estaba tan concentrado en mi doble papel de entrevistador y
entrevistado, que ni siquiera me di cuenta de que mi anfitrión había
regresado. Señalo el enorme reloj que había en la pared, se inclinó y
dijo frente a nuestro micrófono: "Señor Mandino, fue un gran honor
tenerlo con nosotros el día de hoy. Le deseo un gran éxito con este
libro maravilloso y que viaje seguro durante el resto de su recorrido.
¡Dios lo bendiga! Al decir eso, oprimió un botón y el himno "Never
My God to Thee" se difundió pro las ondas hertzianas, mientras que yo
me incorporaba secándome la frente. Fue entonces cuando recordé, una
vez más, esa regla tan importante de la vida que nos dice que hay que
reírnos de nosotros mismos. El Reverendo John me mostraba una tarjeta
y se veía complacido. - Señor Mandino, siento haber tenido que
hacerle pasar ese apuro, aunque se las arregló usted con gran
maestría. La llamada era de mi madre de ochenta y dos años que vive en San
Diego, y la última vez que hablamos me prometió que la siguiente vez
que me llamara me daría nuestra vieja receta familiar par preparar el
pan de zanahoria. Hay que reírse del mundo. Y lo más importante, hay
que reírse de uno mismo. Si en la farmacia de su preferencia se
vendiera la risa, el doctor familiar le recetaría algo de risa al día.
Es una forma mucho mejor de vivir.
REGLA NUMERO
DOCE
Nunca deben descuidarse los detalles, ni escatimarse ese
esfuerzo adicional, esos cuantos minutos de más, esa palabra suave de
alabanza o agradecimiento, esa entrega de lo mejor que uno puede
hacer. No importa lo que los demás piensen, pero sí es de primordial
importancia lo que uno piensa de sí mismo. Usted nunca podrá hacer lo
mejor, que debería ser siempre su rasgo distintivo, si está tomando
atajos y evadiendo responsabilidades. Usted es alguien especial. Debe
actuar como tal. ¡Nunca deben descuidarse los detalles! Maestro,
estudiante obrero de una fábrica, vendedor, administrador, padre de
familia, entrenador, atleta, conductor de taxi, elevadorista, médico,
abogado - no importa qué retos se acepten en esta vida, qué tareas
deban desempeñarse para ganarse el pan de cada día... nunca deben
descuidarse los detalles. En efecto, estamos viviendo en una era que
parece ir más rápido que la velocidad de la luz, y en nuestro mundo
apresurado es fácil caer en el hábito de tomar atajos, de pasar por alto
algunas de nuestras obligaciones, cuando pensamos que nos puede
resultar. Olvidamos las lecciones de la historia y las advertencias de
los hombres sabios. Descuidar los detalles, en cualquier cosa que uno
esté haciendo, puede resultar desastroso. Edison perdió una valiosa
patente porque inadvertidamente colocó mal un solo punto decimal.
Roberto de Vicenzo perdió un Torneo Maestro porque firmó, sin tomarse el
tiempo de verificarla, su tarjeta de puntos en la que había un puntaje
incorrecto. Y estoy seguro que usted, lector, alguna vez recibió el
adagio de Benjamín Franklin: "Por falta de un clavo, la herradura se
perdió, y por falta de un jinete la guerra se perdió". Evidentemente,
el sueño de todos es encontrar algo que hacer en este mundo, un trabajo
que le guste tanto a uno que estaría dispuesto a hacerlo gratis.
Desafortunadamente, esto no le sucede a muchos y por eso la mayoría de
nosotros aburriéndose cada vez más de su tarea en la vida,
gradualmente deja de hacer su mejor esfuerzo y realiza un trabajo
chapucero cada vez que se puede. Por no mencionar lo que esta manera
de vivir le hará a la imagen que uno tiene de sí mismo, los detalles
pasados por alto o manejados sin cuidado, a menudo pueden provocar
problemas mayores que con toda seguridad impedirán que uno avance. Somos
una creación de Dios. Nunca hay que dejar que nada de lo que surge de
uno, actos, objetos, esfuerzo o amabilidad, sea menos de lo mejor que
uno puede dar. Sólo los fracasados y los mediocres descuidan los
detalles. Un ejemplo muy bueno de esta verdad tan sencilla pero
poderosa, de esta residente regla de la vida, se yergue en lo alto de
la Isla de la Libertad en la bahía de Nueva York. Si alguna vez va
usted, amigo lector, a la ciudad de Nueva York y dispone de unas cuantas
horas para disfrutarlas, le recomiendo que realice uno de los varios
viajes en helicóptero que salen del pie de la calle Treinta y Cuatro
Este en East River. Cuando llegue finalmente a la hermosa Estatua de
la Libertad que se levanta orgullosa en medio de la bahía, le pido que
preste especial atención. La mole de cobre con estructura de acero
de la Dama Libertad destaca más de noventa metros sobre el nivel del
mar. Mientras un helicóptero da vueltas cada vez más cerca, le
recomiendo que mire la parte superior de la cabeza de la estatua para
que observe cada mechón de cabello se elaboró esmeradamente hasta el
mínimo detalle y, al igual que todas las demás partes de su bata y de
su cuerpo. Ese delicado peinado metálico en la parte superior de la
cabeza indudablemente requirió de muchas semanas adicionales en el taller
parisino de Auguste Barholdi, semanas que el gran escultor podía
haberse ahorrado pues, hasta donde podía saber, nadie vería nunca la
parte superior de la cabeza de la estatua. La estatua fue inaugurada el
28 de octubre de 1886 por el presidente Grover Cleveland. ¡En 1886 no
había aeroplanos! ¡Los hermanos Wrigh ni siquiera lograron su primer
despegue primitivo del suelo en Kitty Hawk sino diecisiete años más
tarde! Bartholdi estaba bien consciente de que sólo unas cuantas
gaviotas valientes podrían alguna vez mirar a la estatua desde arriba,
y con toda seguridad nadie hubiera sabido nunca si los mechones de pelo no
habían sido modelados y pulidos meticulosamente. Sin embargo, el
maestro artesano no tomó ningún atajo. ¡Cada mechón de cabello, cada
rizo, está en su sitio!
REGLA NUMERO TRECE
Hay
que recibir cada mañana con una sonrisa. Uno debe considerar el nuevo
día como otro regalo especial de su Creador, otra oportunidad dorada
para completar lo que uno no pudo concluir ayer. Hay que motivarse uno
mismo. Hay que dejar que la primera hora establezca el tema del éxito
y la acción positiva que con toda seguridad resonará durante todo el
día. El día de hoy nunca volverá a ocurrir. No hay que desperdiciarlo
con un inicio falso o completamente nulo. Usted no nació para
fallar. Uno debe ser automotivador. Debe recibir el amanecer de cada
nuevo día con una sonrisa de gratitud al Creador por otra oportunidad
de mejorar lo que se hizo ayer. Somos tantos los que abandonamos
agachados y temerosos nuestro lugar de descanso con miedo a lo que
cada día pueda traernos, sin darnos cuenta nunca de que la forma en
que actuemos durante esas primeras horas marcará su huella durante
todo el día, y nos prepara para mañana y todos los mañanas que vienen
a continuación. Que terrible es despertar y enfrentar un día tan
desolado, doloroso y aburrido que todo lo que podemos esperar es el
sueño misericordioso que nos aguarda después de la puesta del
sol. Hay una mejor manera de vivir. Enfrentar cada mañana con un
brillo de esperanza en los ojos, recibir el día con reverencia por las
oportunidades que contiene, saludar a todos los que uno encuentre con
risas y afecto, ser bueno, amable y cortés con amigos y enemigos, y
disfrutar la satisfacción de un trabajo bien hecho durante horas
preciosas que nunca regresarán - ésta es la forma de que uno deje su
huella. Sobre todo, hay que recibir la mañana con una sonrisa. ¿Verdad
que es fácil? Ahora bien, si este sencillo acto representa un problema
para usted, amigo lector, si se despierta y siente que no tiene nada
por qué sonreír, no se desespere. A todos nos pasa. Hay muchos días en
que hasta los individuos más positivos preferirían permanecer en la
soledad de sus cuartos en vez de enfrentar un mundo que a veces puede
ser hostil y desatento. Todos tenemos días "deprimentes" incluso los
personajes mundiales más poderosos, las grandes estrellas de los
deportes y los presidentes de las grandes corporaciones. Una que otra
vez, todo el mundo despierta con la sensación de que más le convendría
esconder la cabeza debajo de la mullida almohada, en vez de avanzar a
paso de tortuga por los embotellamientos o hacer esa primera visita de
ventas o verle la cara a ese jefe desagradable. Ahora bien, la próxima
vez que despierte usted, lector, sintiéndose muy mal por toda la
irritación y la escasa recompensa que le espera, he aquí la receta
perfecta que lo enviará al mundo con una actitud tan positiva que no
podrá dejar de tener un gran día. Este sencillo truco, o técnica, o
como lo quiera llamar, nunca ha fallado, no le costará ni un centavo y sin
embargo, hará más por usted que su jugo de tocino, café o cualquier
cinta de motivación que laguna vez se haya grabado - lo enviará al
mundo con una actitud positiva, poderosa, productiva y..
agradecida. Todo lo que tiene usted que hacer para que le brille el sol
y le suene la música cada vez que se despierte sintiendo lástima de
usted mismo es simplemente tomar el periódico matutino. Nunca mire la
primera página en las primeras horas de la mañana, a menos que realmente
quisiera arrastrarse hasta el sótano para esconderse. En vez de esto,
abra el diario en la sección de... ¡obituarios! En esa sección,
amigo lector, encontrará una larga lista de nombres de personas que se
sentirían absolutamente encantadas de cambiar de lugar con usted,
¡incluso con todas sus irritaciones, dudas, temores y problemas! Le
recomiendo que lo intente cada vez que se sienta deprimido en la
mañana. Me lo agradecerá. ¿Ahora sí escucha el canto de los
pájaros?
REGLA NUMERO CATORCE
Uno logrará su gran
sueño, un día a la vez, así es que hay que fijar metas para cada día -
no proyectos largos y difíciles, sino tareas que lo llevarán a uno,
paso a paso, hacia su arcoiris. Debe anotarlas, si así le parece, pero
hay que limitar la lista de manera que no se tengan que arrastrar las
cuestiones inconclusas de hoy hacia el mañana. Hay que recordar que
uno no puede construir su pirámide en veinticuatro horas. Hay que ser
paciente. Nunca debe dejar que su día esté tan lleno de actividades
que se descuide la meta más importante - hacer lo mejor que pueda,
disfrutar este día y mantenerse satisfecho con lo que ha
logrado. Fijar metas es fácil. Al igual que ocurre con las resoluciones
de Año Nuevo, cualquiera de nosotros puede hacer una larga lista de
las cosas que espera lograr en el futuro.... pero luego seguimos
viviendo exactamente como el pasado. Abordemos una vez más ese proyecto
elusivo pero necesario, y permítame que le ayude, amigo lector.
Primero, una advertencia. Cualquier meta que lo obligue a trabajar día
tras día y año tras año, durante tanto tiempo y con tanto esfuerzo que
nunca tenga tiempo para usted mismo ni para sus seres queridos, no es
una meta sino una condena... una condena a toda una vida de
infelicidad, no importa cuánta riqueza y éxito logre. A menudo se nos
dice que la "ida es un viaje" Los supuestos expertos en la motivación
utilizan la expresión incesantemente, las solapas de los libros la
proclaman y uno la puede oír en una gran cantidad de cintas: "la vida
es un viaje" Suena tan elocuente que debería ser cierta. Esta gran
sabiduría debería ir acompañada, por lo menos, de música de órgano. Lo
que esa expresión boba nos está diciendo es que uno debe combatir, luchar
y trabajar horas interminables para alcanzar la primera meseta del
éxito. Pero, un momento, eso no es suficiente. La vida es un viaje.
Así que tome aliento, pídale a sus seres queridos que se hagan a un
lado y continúe afanándose y luchando, días y noches, hasta que en algún
momento llegue a su segunda meseta. ¡Fabuloso! ¿Que si ahora puede
descansar? ¡Qué lástima! Es un viaje, amigo mío, así que tome alimento
y siga luchando y sudando y agonizando hasta que llegue a la siguiente
meseta y luego a la siguiente. Y luego, un día... Tolstoi, el
brillante novelista ruso, no dejó una valiosa alegoría sobre cómo el
hombre siempre ha fracasado en la consecución de metas que tienen muy
poca relación con nuestra felicidad y con el disfrute del breve lapso
que pasamos en la tierra. Un campesino de nombre Pakhom está seguro de
que tendrá un gran éxito cuando finalmente tenga un terreno tan grande
como los terrenos que no tienen las vastas propiedades de la élite de la
nobleza rusa. Esa es una meta. Llega el día en que le hacen una oferta
sorprendente - se le concederá, sin costo, todo el terreno que él
mismo pueda rodear corriendo desde el amanecer hasta el
ocaso. Pakhom vende todo lo que tiene con el fin de trasladarse al
lejano lugar donde se le hizo esta oferta. Después de muchas
penalidades, llega allá y se pone de acuerdo para aprovechar su gran
oportunidad al día siguiente. Al amanecer, Pakhom comienza a correr a
una velocidad vertiginosa. Pasa corriendo bajo el brillante sol
matinal, con la meta fija ante los ojos, sigue corriendo bajo el intenso
calor, sin ver a diestra o siniestra. Todo el día continúa al mismo
ritmo, sin detenerse si a comer, ni a tomar agua, ni a descansar; su
propiedad aumenta a cada zancada. Finalmente cuando el sol se pone más
allá del páramo y las sombras envuelven la tierra, Pakhom avanza
titubeante hacia la meta. ¡Victoria! Logró su objetivo. ¡Éxito! Y
entonces... al dar su último paso, Pakhom cae muerto de agotamiento. Toda
la tierra que ahora necesita... son dos metros. El éxito no es un
viaje. Este día, al igual que todos los demás, es un don especial de Dios.
Uno debe fijarse metas de modo que cumpla su potencial para el día,
incluso corriendo ese kilómetro adicional, pero hay que dejar que
algunas de esas metas le den a uno gozo, sonrisas y paz. Y uno debe
planear esas metas diarias de tal manera que no sean sino pasos a lo
largo del camino hacia los grandes sueños que uno guarda secretamente en
su corazón. Hay que darse todas las oportunidades de triunfar, y si se
fracasa, que haya sido después de intentar el triunfo. Habría que
escuchar a Séneca, ese sabio de la Antigua Roma: "La verdadera felicidad
consiste en disfrutar del presente, sin depender ansiosamente del
futuro, sin entretenernos ni en esperanzas ni en temores, sino
descansando satisfechos de lo que tenemos, lo cual es suficiente, pues
quien es feliz no desea nada. Las grandes bendiciones de la humanidad
están dentro de nosotros y a nuestro alcance. El sabio se contenta con
su suerte, sea cual sea, sin desear lo que no tiene". A pesar de
una larga e ilustre carrera, recompensada tanto con reconocimiento del
público como con bienes materiales, un gran cómico estadounidense
admitió recientemente en una entrevista que nunca se había sentido
seguro de su éxito. Dijo: "Tengo la sensación, a veces, de que una
mañana voy a despertarme y todo se habrá ido. Alguien va a decir: "Esto es
todo, muchacho, se acabó todo par ti"". Y así, aunque tiene mas de
sesenta años, este hombre tan talentoso como Pakhom, hace
interminables apariciones en teatros, centros nocturnos, en películas
y en televisión. Sus seguidores están encantados de que lo haga, pero
yo desearía que también se detuviera a aspirar el perfume de esas
rosas una que otra vez, antes de que todos los pétalos se
caigan. Todos estamos atrapados en el remolino del cambio, como nos lo
advirtió Schopenhauer, donde la persona, si quiere por lo menos
mantenerse erguida, debe siempre avanzar y moverse, como un acróbata
en la cuerda floja. Hay una mejor manera de vivir.
REGLA
NUMERO QUINCE
Uno no debe permitir nunca que nadie le eche a
perder su desfile y de esa manera arroje una sombra de tristeza y
derrota en todo el día. Hay que recordar que no se requiere nada de
talento, ni abnegación, ni inteligencia, ni carácter, para estar en el
equipo de los que encuentran fallas. Nada externo puede tener poder
sobre una a menos que uno lo permita. El tiempo es demasiado precioso
para sacrificarlo en días desperdiciados combatiendo las fuerzas
rastreras del odio, los celos y la envidia. Usted debe proteger
cuidadosamente su frágil vida. Únicamente Dios puede crear la forma de
una flor, pero cualquier niño puede hacerla pedazos. La vida, según
nos dijo Montaigne, es algo tierno que puede lastimarse con facilidad.
Siempre hay algo que puede marchar mal. A menudo, los contratiempos
más ligeros y pequeños son los más inquietantes y, al igual que las
letras pequeñas son las que más nos cansan los ojos, estas pequeñas
vejaciones son las que más nos perturban y ensombrecen nuestro día, si
lo permitimos. Los humanos somos animales extremadamente frágiles.
Podemos despertar con una canción en los labios y una gozosa
anticipación de las horas por venir en nuestros corazones, y luego
permitimos que palabra severas de otro humano o el embotellamiento del
tránsito, o el derrame de una taza de café nos arruinen todo el
día. Uno no debe permitir nunca que nadie, ni nada, le arruine su
desfile. Siempre habrá detractores, críticos o cínicos que sienten
envidia de uno, de sus habilidades, de su trabajo y de su manera de
vivir. No hay que tomarlos en cuenta. Son como una campana en un paso
elevado, que tañe con durezas y en vano mientras pasa rugiendo el
tren. Las horas y los días de uno son demasiado valiosos para
molestarse con este grupo de envidiosos que nunca ven una buena
cualidad en ningún ser humano pero que nunca dejan de ver una mala
cualidad. Son búhos humanos, vigilantes en la oscuridad y ciegos en la
luz, al acecho de sabandijas pero incapaces de ver una buena
presa. Nadie puede nunca distraernos de ser felices o hacer lo mejor
que podemos hacer... a menos que le demos permiso para ello. Hay que
recordar que quien puede reprimir una ira momentánea puede impedir
todo un día de tristeza. Las pequeñas aventuras y los comentarios
hirientes de cada día, si se les toma mucho en cuenta y se les
magnifica, pueden hacerle un gran daño a uno, pero si uno los pasa por
alto y los saca de su mente, gradualmente pierden toda su fuerza. Los
detractores están en todas partes. Hay que recordar que la envidia, al
igual que el gusano, siempre se siente atraída por la mejor manzana.
Franklin dijo una vez que quienes se desesperan por alcanzar la distinción
con sus propios esfuerzos, se sienten felices cuando es posible
rebajar a otros a su nivel. Uno no puede progresar en la vida si vive
como ermitaño, así es que hay que entrar en contacto con el mundo y su
desfile de desventuras y críticas, pero sin permitir nunca que le
echen a perder su desfile. Hay que alejarse de los
envidiosos. Nunca debe responderse a su envidia y veneno con la misma
moneda. Debe tenerse presente que incitar el fuego para el enemigo
equivale a quemar toda la casa para deshacerse de una rata. No hay que
rebajarse nunca a su nivel. Boooker T. Washington, quien se elevó desde la
situación degradante y desesperada de la esclavitud, nos dio a todos
una lección especial sobre cómo vivir una vida mejor cuando escribió:
"No permitiré que nadie rebaje mi alma haciéndome odiarlo". Piense
usted, amigo lector, en estas palabras la próxima vez que alguien
trate de rebajarlo hasta su nivel. Nada externo puede tener poder sobre
mí. Deje que este sea su lema, al igual que fue el de Walt Whitman, y
con él se mantendrá tranquilo a lo largo de cualquier día. Hace muchos
años, un domingo muy temprano, estaba sentado en una cafetería tejana
precisamente en las afueras de El Paso; disfrutaba mi desayuno y
también me divertía con una camarera vivaz animada de rubia cabellera
que sonreía y bromeaba con todos los clientes mientras corría de mesa
en mesa con las órdenes. Era alguien que evidentemente disfrutaba su
trabajo y su vida, y su actitud era contagiosa. Esa mañana, todos nos
sentimos un poco mejor gracias a ella. Mientras me tomaba mi
segunda taza de café, pensando en el largo viaje que me esperaba, un
hombre de edad con un portafolios abultado se dejó caer en el siguiente
banquillo, echó un rápido vistazo a la carta e hizo señas a nuestra
pequeña camarera. Ella se le acercó contoneándose, le lanzó su mejor
sonrisa tejana y le dijo: - Lindo día, ¿verdad? El viejo caballero
torció la boca y le contestó con un gruñido: - ¿Qué tiene de
lindo? La sonrisa de la bella rubia no se inmutó: - Vaya, señor,
nada más intente perderse algo de un día como éste, ¡y ya verá! Uno
controla su vida. Si alguien le echa a perder su desfile y le arruina el
día, es únicamente porque uno lo permitió. Nunca más, ¿de
acuerdo?
REGLA NUMERO DIECISÉIS
Hay que buscar la
semilla del bien en todas las adversidades. Cuando uno domina ese
principio, posee un valioso escudo que lo protegerá bien a través de
todos los oscuros valles por donde tenga que pasar. Es posible ver las
estrellas desde el fondo de un pozo profundo, en tanto que no pueden
distinguirse desde la cima de una montaña. De la misma manera, usted
aprenderá de la adversidad cosas que uno no habría descubierto jamás
sin dificultades. Siempre hay una semilla del bien. Uno debe
encontrarla para prosperar. Aproximadamente un año después de que
me ascendieran a la presidencia de la revista Éxito Ilimitado de W.
Clement Stone, y con la ayuda de los comerciales de Paul Harvey por la
radio de todo el país, nuestra circulación estaba alcanzando alturas
inexploradas en la gráfica de ventas que había en mi oficina. Y
entonces cometí un terrible error de apreciación, error que con toda
seguridad no sólo iba a retrasar nuestro progreso, sino que le
costaría una fortuna a la compañía. Apenas me di cuenta de los que
había hecho, telefoneé a W. Clement Stone y le solicité una
entrevista, durante la cual cuidadosamente le relaté, sin quitar ni
poner nada, cómo me las había ingeniado para enredar las cosas. Stone
escuchó atentamente mis palabras, sólo me interrumpió unas cuantas
veces para aclarar determinados hechos, y al terminar, me quedé
sentado allí nada más, con la sensación de haberle fallado y en espera
de que cayera la cuchilla. Estaba seguro de que mi carrera como editor
había terminado. Stone seguía viendo el techo, chupó varias veces el
humo de su largo habano antes de volverse por fin hacia mí, sonriente,
para decirme: ¡Magnífico, Og! ¿Magnífico? ¿Se habría vuelto loco? Le
acababa de hacer gastar una pequeña fortuna y a la vez le había puesto
en entredicho su querida revista, y me estaba diciendo que magnífico. No
dije nada, probablemente porque estaba en un estado de conmoción
parcial. Luego Stone se inclinó hacia adelante, me tocó el brazo y me
dijo suavemente: "Realmente es magnifico,. Og. Deja que te explique
por qué". A continuación, el gran hombre se puso a enseñarme una regla
para vivir que me ha sido invaluable durante más de un cuarto de
siglo. Con todo cuidado me explicó que aunque se daba cuenta de que lo
que había ocurrido a la revista era una adversidad terrible, estaba
seguro de que, si considerábamos largo y tendido nuestro problema,
podríamos encontrar una semilla de bien en toda esa dificultad, una
semilla que podríamos utilizar en nuestro provecho. Me recordó que
cada vez que Dios cerraba una puerta, siempre se abría otra, y durante
varias de las horas siguientes examinamos nuestro problema desde todos los
ángulos posibles. Finalmente, mientras yo anotaba página tras página,
ideamos un plan que no sólo sirvió para recuperar nuestra cuantiosa
pérdida, sino que agregó mucho a nuestros ingresos por publicidad
durante muchos años. Esas horas especiales constituyeron la mayor
experiencia de aprendizaje en mi vida. Uno debe sembrar siempre la
semilla del bien, en cualquier adversidad. No hay una regla para vivir
que sea más exigente que ésta, pero, una vez que uno ha aprendido a
reaccionar ante cualquier problema con la palabra "Magnífico" y luego
se toma el tiempo para descubrir qué podría haber de bueno en el serio
problema que uno tiene, se sorprenderá al ver con cuánta frecuencia se
puede cambiar una derrota segura en una victoria. Samuel Smiles, autor
del primer libro sobre el éxito intitulado Autoayuda a finales del siglo
XIX, dijo que siempre aprendemos más de nuestros fracasos que de
nuestros éxitos. Con frecuencia descubrimos lo que sí funciona al
descubrir lo que no funciona, y quien nunca haya cometido un error
nunca ha experimentado la emoción de hacer que una pérdida aparente se
vuelva un triunfo. El principio de transformar los debes en haberes es
tan antiguo como el hombre. Por ejemplo los amigos de Santa Claus, los
esquimales, que se las han arreglado para sobrevivir durante milenios
extrayendo la semilla del bien de su mayor adversidad; convierten las
únicas materias primas de que disponen, el hielo y la nieve, en iglúes
para guarecerse del frío. Un viejo amigo con quien juego al golf dice
que la verdadera prueba da la vida, al igual que ocurre en el golf, no
es el hecho caer en las trampas, sino el poder salir de ellas, como
cuando la pelota ha caído entre pasto muy crecido. En los juegos y en
la vida, quienes han aprendido a enfrentar la adversidad son quienes
ganan los campeonatos.
REGLA NUMERO
DIECISIETE
Uno debe darse cuenta que la verdadera felicidad
radica dentro de uno mínimo. No hay que desperdiciar tiempo ni
esfuerzo en buscar la paz, la alegría y el gozo en el mundo externo.
Hay que tener presente que no hay felicidad en tener u obtener, sino
únicamente en dar. Hay que dar. Compartir. Sonreír. La felicidad es un
perfume que no se puede escanciar en los demás sin que unas cuantas
gotas caigan en uno mismo. Nathaniel Hawthorne nos advirtió, hace
mucho, que era mucho más fácil atrapar una mariposa que el sentimiento
esquivo llamado felicidad. Según escribió, la felicidad, cuando se
presenta en este mundo, ocurre incidentalmente. Si hacemos de ella el
objeto de nuestra búsqueda, eso nos llevará a una persecución
infructuosa y nunca la alcanzaremos. Sin embargo, como Aristóteles
declaró ante el mundo: "La felicidad constituye el significado y el
propósito de la vida, el único objetivo y fin de la existencia
humana". Veamos por ejemplo las hordas que todas las noches se reúnen
en las ciudades en busca de unas cuantas horas de felicidad. ¿Cuántos
millones de dólares anuales gastamos en adquirir placer de todo tipo?
¿Funciona? ¿Somos felices? recientemente llevé a cabo un experimento
que había estado diciendo que haría durante años. Una tarde soleada,
me instalé en una esquina de la calle Cincuenta y Cuatro y de la
Quinta Avenida en la ciudad de Nueva York y me puse a observar a las
siguientes doscientas personas que pasaron frente a mí en dirección al
sur. De acuerdo con mi expectativa, menos de diez iban sonrientes, o por
lo menos que parecieran felices. ¿Por qué? Si la felicidad es una
condición normal, como la buena salud, ¿por qué no somos más los que
la disfrutamos? Probablemente no lo estamos disfrutando porque ni
siquiera estamos seguros de saber que es. La mayoría de nosotros
supone que si se tiene una gran riqueza o un gran poder, deberíamos
ser felices con toda seguridad; sin embargo, conozco a muchos millonarios
que son muy atormentados y solitarios. Hace poco, en un fascinante
crucero por el Canal de Panamá en el Royal Princess, me quedé
sorprendido de ver cuán pocas caras felices había a bordo de este
elegante transatlántico de lujo, Ser mimado, atendido y malacostumbrado
parecía no significar nada para la mayoría de los pasajeros. No
debería haberme sorprendido. Si los ingredientes de la felicidad no
están dentro de la persona, ningún logro material, ninguna diversión
ni ninguna tarjeta de crédito "Dorada" puede hacer sonreír a esa
persona. Thoreau, mi viejo amigo, tenía mucho que podía decir al
respecto, entre otras cosas: "Estoy convencido, a partir de la
experiencia, de que permanecer en este mundo no es un trabajo arduo
sino una diversión cuando vivimos con sencillez y sabiduría. La mayor
parte de los lujos, y muchas de las así llamadas comodidades de la
vida, no solo son completamente prescindibles, sino verdaderos,
obstáculos para la elevación de la humanidad" ¿Recuerda usted, amigo
lector, al Caballero Blanco de A través del espejo de Lewis Carroll?
Cuando Alicia lo conoció, el tipo iba cargado de lujos - una colmena
para atrapar las abejas que pudieran acercársele, una trampa para
protegerse de los roedores, brazaletes alrededor de las patas de su
caballo para protegerlo de las mordidas de tiburones, e incluso un plato
en anticipación del budín de ciruela que algún alma caritativa le
podría ofrecer. Cargado de estos adminículos, el caballero es un
símbolo perfecto de quienes buscan la felicidad juntando dinero,
objetos y bienes raíces. ¿La felicidad... es una mariposa? Tal vez no.
"Muy poco se necesita para hacer una vida feliz", escribió Marco
Aurelio, "todo se halla dentro de uno mismo, en su manera de pensar".
Uno buscará la felicidad eterna y fracasará, a menos que la busque
dentro de sí mismo, en su corazón y en su alma, y luego comparta lo
que posee sin pensar en ninguna recompensa. Hay que oír lo que dice
George Eliot: "Es sólo un tipo empobrecido de felicidad el que podría
derivarse de una preocupación muy grande por nuestros propios placeres
estrechos. Sólo podemos tener la felicidad mayor como la que acompaña
a la verdadera grandeza, si tenemos una gran consideración y muchos
sentimientos hacia el resto del mundo, así como los tenemos hacia
nosotros mismos. Este tipo especial de felicidad a menudo trae consigo
tanto dolor que sólo podemos diferenciarlo del dolor porque es lo que
eligiríamos sobre todo lo demás, porque nuestras almas ven que eso es
bueno" Es bueno tener dinero y las cosas que el dinero puede comprar,
pero también es bueno ponerse una que otra vez a reflexionar para
estar seguro de no haber perdido las cosas que el dinero no puede
comprar. Hay que comunicarse con los demás. La felicidad no es sino el
producto secundario de la manera en que uno trata a sus semejantes.
Ahora es el momento de ser feliz. Aquí es el lugar para ser feliz. Hay
que aprender y comenzar a vivir según las reglas que se le han entregado
a usted, reglas que se le han entregado a usted, reglas que se le
presentaron con mucho amor, y compartir su mensaje con otros que piden
su apoyo. Sólo entonces aparecerá la mariposa y se posará ligeramente
en su hombro mientras suena la cajita de música. Nunca hubo, ni habrá
una mejor manera de vivir.
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